viernes, 26 de noviembre de 2010
La violencia nos golea
Esto se les fue de las manos. Esa es la triste conclusión que se puede decir tras los nuevos y penosos hechos de violencia en el fútbol venezolano. Lo primero que hay que decir es que todos quienes hacen vida dentro de la actividad, tienen su dosis de responsabilidad. Federación Venezolana de Fútbol, los clubes, jugadores, técnicos, aficionados, el Estado venezolano y también la prensa han contribuido para que ese monstruo haya crecido y ahora luzca imparable.
Este periodista no cometerá la irresponsabilidad de decir a la gente que no deje de ir al balompié, a pesar de los sucesos. Sólo un insensato cometería semejante sandez. Por el contrario, se entiende al aficionado que de ahora en adelante decida no acudir al estadio o aquel padre o madre que prohíba a su hijo volver. El fútbol se ha convertido en un espectáculo peligroso, riesgoso, donde siempre los más pendejos, pagan los platos rotos. Ya la propia prensa no escapa a los atroces tentáculos de este flagelo.
¿Quién fue el que inició los desordenes del domingo? La verdad que poco importa ante la irrebatible realidad. El primer responsable es la FVF, un organismo que no ha sabido proteger su actividad. Ya es evidente que no le interesa. No le importa si las reglas antiviolencia se cumplan o no. Muestra nuevamente su indiferencia. Son penosos los comunicados que sacó este organismo, como el que publicó el Caracas FC. El primero exige el cumplimiento de la regla y el segundo afirma que está comprometido a tomar las medidas para erradicar definitivamente esta clase de hechos. Ahora bien, Si la FVF y el Caracas FC están comprometidos para acabar con la violencia, ¿por qué no cumplen su propio reglamento antiviolencia? ¿Por qué no han carnetizado a sus barras? ¿Por qué se les permite la entrada al estadio a los violentos?, tal como señala expresamente el reglamento elaborado y aprobado por ellos mismos. No se trata de los hechos del domingo. Se trata de una temporada cargada de violencia en cada fecha, en cada plaza, sin que haya medidas efectivas para acabar con este mal.
El panorama se complica cuando, un organismo que debe guarecer el orden público, hace todo lo contrario, como es el caso de la Policía Metropolitana. La acción brutal de estos efectivos no fue precisamente para disuadir. Fue una vergüenza ver como agredían con saña, rabia y rencor a todo aquel que tenía una camisa roja, sin importar que se tratara de mujeres o niños, violando los derechos humanos. Fue indigno ver como un organismo de seguridad golpeaba con sus cascos y hasta con las sillas que arrancaban de la tribuna. Todas las fuerzas policiales del país, han demostrado una vez más, que no están capacitados para garantizar la seguridad en eventos deportivos. Sin la disposición del Estado venezolano es imposible que esto se controle. Siguen sin demostrar una disponibilidad cónsona y apropiada para ayudar a la actividad. Por el contrario, dan la impresión que la ven con recelo, como si les incomodara.
No se trata sólo de lo ocurrido en el Olímpico, también lo sucedido en Valencia, cuando dos periodistas fueron agredidos por un grupo de seguidores del Carabobo FC, que estaban apostados cerca del estadio, cuando no debían estar allí, ante la obligación de jugarse a puerta cerrada. Lo peor es que hay presidentes de clubes que ignoran que existe una normativa para combatir la violencia. Su permisividad ha permitido que esto haya crecido y escapado de las manos.
Los aficionados no se salvan. No pueden presentarse ahora como angelitos, cuando tiene un amplio prontuario de acciones violentas. Ojala todos los jugadores, entrenadores y dueños de clubes condenaran a sus propios seguidores violentos. El silencio los hace cómplices. Todos hicieron caso omiso a la violencia. Ahora es un monstruo que creció. Que nadie se lave las manos. Ni siquiera la prensa, responsable al ignorar y no alertar lo que era obvio. Aquí también debe haber un mea culpa. Ya es hora que Venezuela tenga su propia ley contra la violencia en el deporte, como la hay en el resto de Sudamérica.
En Mérida, Puerto La Cruz, Barquisimeto, Maracaibo y San Cristóbal, la violencia también luce campante y con fuerza. El fútbol venezolano da muestras de estar enfermo. Un paciente que no quiere reconocer que lo está. Así es imposible cualquier esfuerzo. El balompié se ha convertido en un cuento donde no hay héroes, justicieros o paladines. Es un cuento donde sus protagonistas son puros villanos
viernes, 24 de septiembre de 2010
La rutina de la excelencia
El temor a aburguesarse es lógico, después de haber cumplido los objetivos. Siempre los rivales quieren vencer al mejor y por eso siempre ha de existir una motivación especial. El FC Barcelona de Josep Guardiola es quizás, el mejor equipo del mundo. Tras haberlo ganado todo el año pasado, ha tenido inconvenientes para repetir la dosis, pero sin quedarse con las manos vacías. Es fácil caer en esa tendencia de confiarse y bajar los brazos. En consecuencia, en la entidad azulgrana, su técnico hace constante énfasis en la necesidad de mantenerse en el máximo rendimiento, sin descuidarse del más mínimo detalle.
Aún así, no escapa a la posibilidad de que en algún momento, puede resbalar tal y como lo hizo en días pasados ante el Hércules de Alicante. Igual había ocurrido en la zafra que ganó los seis títulos. El ‘Barsa’ comenzó la temporada perdiendo ante el Numancia, pero luego enderezó para labrar la más fantástica temporada que algún club ha tenido.
También puede suceder este año. Tras la sorpresa ante el Hércules, el azulgrana se sacudió los fantasmas con la goleada al Panatinaikos, en el inicio de la Liga de Campeones.
En Venezuela, un ejemplo de la lucha contra el aburguesamiento es la del entrenador Noel Sanvicente. Cuando estuvo al frente del Caracas FC sumó seis títulos nacionales en ocho temporadas. Su trabajo se ha caracterizado en nunca bajar la guardia y en siempre mantenerse en el máximo nivel. Es una especie de renovación de los votos, año tras año, sin mostrar desprecio y arrogancia por los demás rivales. Todo lo contrario, la humildad ante todo. Eso también ha sido parte del éxito que el estratega ha tenido en el fútbol profesional.
Muy al contrario ha ocurrido en otras instituciones que fueron presa fácil de la burguesía futbolística, que consiguieron el éxito de forma efímera y luego desaparecieron con la misma velocidad que llegaron a la cima. Unión Atlético Maracaibo es el mejor ejemplo que encaja. Gracias a un dinero efímero, le llegó rápido el éxito que también fue momentáneo. Luego despareció y ahora deambula, con muchas penas, por la segunda división.
La otra cara de la moneda es precisamente la que exhibe Sanvicente, siempre en el lado de la discreción, de donde no apunta los focos del protagonismo. Ahora al frente del Real Esppor, el técnico mantiene su mismo decálogo de trabajo y dedicación. Los resultados no han tardado en parecer. Y vaya manera como estos han surgido. No sólo gana, sino que lo hace con contundencia, sin resquicios para la duda. Lejos de quererse aburguesar.
Quienes optan por el trabajo y la constancia, consiguen la mejor medicina contra el aburguesamiento. Un mal típico en quienes creen que todo está consultado tras conquistar. Las leyendas y trascendencia se logran con la ambición y la perseverancia. De los que hacen lo inigualable como rutina.
lunes, 20 de septiembre de 2010
¿Y dónde está el Fair Play?
Las distintas modificaciones al reglamento de fútbol, que han ocurrido, en procura de conseguir un juego menos brusco y con más deportividad, no han dado los resultados esperados. En los años 90, las continuas faltas adelantaron el retiro del holandés Marco van Vasten. Sus tobillos no aguantaron el exceso de pierna fuerte de los defensores. La salida del balompié de este reconocido jugador hizo sonar las alarmas en el seno de la FIFA, en la necesidad de proteger al futbolista talentoso. El entonces secretario general del organismo, Joseph Blatter le dio mayor dinamismo a la campaña. En 1998, los ‘legisladores’ del fútbol volvieron a romper una lanza en favor del juego limpio y a partir de ese momento las entradas por detrás son sancionables con tarjeta roja. La institución rectora del balompié señalaba en ese momento que la adopción de tal medida a las puertas del siglo XXI dejaba claro el compromiso con el progreso de este deporte.
Pero los resultados han sido muy pobres. Los cambios al reglamento no son cumplidos por los árbitros. Es muy común ver cómo las faltas por detrás no son sancionadas con la roja, tal y como estipula la regla. El juego brusco se ha adueñado del campo. Ya forma parte del panorama y poco es lo que brilla del llamado ‘Fair Play’.
El pasado Mundial de Sudáfrica se caracterizó por el juego violento que tuvo su colofón en la lamentable actuación en la final del árbitro inglés Howard Webb, permitiendo las acciones bruscas de los jugadores holandeses, en especial aquella patada criminal de Nigel de Jong contra Xabi Alonso, en la que apenas le mostró tarjeta amarilla. Las campañas y las modificaciones a la reglamentación sólo se quedan en el papel.
La reciente lesión del argentino Lionel Messi es la última de las entradas brutales. El checo Tomas Ujfalusi fue directo al tobillo derecho del jugador del FC Barcelona. Se pensaba lo peor, pero para fortuna del futbolista, todo quedó en un esguince y 15 días de reposo. Esta vez, el árbitro principal sacó la roja directa. En la primera jornada, Cristiano Ronaldo fue cazado por un defensor del Mallorca, que ni vio amarilla. La siguiente víctima fue Sergio Agüero, alcanzado por una patada de Gurpegui. Estos episodios vuelven a recordar que poco o nada se ha hecho por procurar el juego limpio, que tanto mienta la FIFA.
Sean intencionales o no, las entradas violentas son sancionadas – cuando lo son - con suspensiones casi simbólicas, nada que procure un cambio de actitud o que haga honor al juego limpio.
El técnico del FC Barcelona, Pep Guardiola dijo con razón, que no conocía a un chico más noble que a Leo Messi y que lamentaba las campañas orquestadas por algunos medios que incitaban detener al astro argentino por lo civil o por lo criminal. Le recordó a la prensa la responsabilidad de decir lo que sucede. “No sólo hay que proteger a Cristiano. Los árbitros deben proteger a todos los jugadores”. El estadio Vicente Calderón “despidió” al jugador que lloraba en la camilla, con una serie de improperios y silbidos, alimentados precisamente por esas expresiones irresponsables provenientes de la prensa.
Messi es un jugador que eleva el fútbol a otra dimensión y merece mucho más respeto y protección, como cualquier jugador que haga de esto llamado fútbol, la religión en la que se ha convertido. Es hora de dejar de lado esa desafortunada frase de detener como sea a un jugador. Es esencial proteger a los mejores jugadores del mundo. Las sanciones ejemplarizantes también lo deben ser. De lo contrario, nada se ha hecho y nada se ha avanzado en materia del juego limpio. Ese que tanto se enorgullece la FIFA y que tanto brilla por su ausencia en los campos de fútbol.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Heridas abiertas
Sanvicente avizoró algo que para nada le gustaba. La cercanía de su patrón con el entorno de la selección nacional lo vio como un golpe de traición. Ya Chita no quería seguir bajo la nueva modalidad que pretende Philip Valentiner, y éste entendió sin vacilar, que la salida del estratega era la mejor opción para los nuevos planes del equipo.
El ex entrenador del rojo espetó si titubeos algo a lo que calificó de “manoseo” en las intenciones de su patrón para involucrarse en las alineaciones. El técnico, fiel a su estilo, impuso su condición de que nadie le debería imponer “x” o “y” jugador con fines distintos a los deportivos. Entiende que para algo es el entrenador. Que se le trajo para ser campeón y destacar en los torneos internacionales. No para prestarse al negocio.
Por su parte, Philip Valentiner tiene todo su derecho de manejar a su club como mejor le plazca. De querer utilizarlo como plataforma para vender jugadores. De hecho, es el equipo que más coloca a futbolistas en el exterior. Lo ha hecho con jugadores de la talla de Gabriel Miranda, Juan Arango, Gabriel Urdaneta, entre otro y más recientemente con Ronald Vargas. Pero en las oficinas del Caracas FC deben entender algo. No siempre se encontrará el talento para venderse con la rapidez deseada. No siempre las camadas están rebosantes de calidad para querer exportar de forma continua. El talento es puntual y no siempre abunda. No se trata de una fábrica de salchichas para producir en serie. El fútbol es otra cosa.
No hay muchas luces que avizoren si el nuevo plan con que se sustentará de ahora en adelante el club, va acorde con los preceptos de siempre de ser el mejor equipo del país, al que está permanente obligado a sumar títulos y sobresalir en Sudamérica. Ahora bien, cuando el propietario del Caracas FC habla de la selección nacional, no deja muy en claro si la llegada de jugadores de su equipo a la vinotinto, se debe a méritos deportivos o para establecer unas “relaciones estratégicas”, en procura para impulsar la colocación de jugadores. De ser así, se estaría desnaturalizando el propósito de un combinado nacional. Se entiende que a la selección llegan los jugadores que demuestran virtudes en la cancha y no porque se le quiera exhibir en vitrina para sacar provecho. Son muchas interrogantes que quedan en el aire, producto de piezas no encuadran en el rompecabezas.
Lo cierto es que el futuro es sombrío tanto para Sanvicente como para el Caracas. El técnico difícilmente encuentre en el país lo que él quiere y desee como modelo de equipo. Ninguna otra institución tiene lo que hay en el Caracas FC. Ninguno tiene categorías menores organizadas y apuestan a proyectos a largo plazo. Hoy en día, los dirigentes no se caracterizan por la paciencia. Todo lo contrario, son resultadistas. Acaban con cualquier proyecto ante las primeras adversidades. Existen técnicos que fueron ganadores y campeones con el Caracas y que no han conseguido éxito en otras instituciones por lo antes expuesto.
Pero tampoco será fácil para el rojo encontrar un entrenador tan comprometido con el club como Sanvicente. Caló mucho más allá de lo que un estratega lo hace. Su liderazgo, personalidad, capacidad y prosapia han dejado una huella que difícilmente se suprima. El equipo ha sido confiado a Ceferino Bencomo, un hombre de la casa, que hizo toda su carrera de jugador en la institución, pero que sin embargo, no era cercano a Sanvicente. La tarea es dura para el ex lateral derecho del rojo. Un compromiso lleno de adversidades, además de las tensiones que lo rodean. A ver qué sucede el uno sin el otro y viceversa. Por lo pronto, las heridas siguen abiertas y quién sabe cuándo cicatrizarán.
miércoles, 3 de marzo de 2010
El fútbol sala
Este columnista ha sido seguidor y testigo cercano del fútbol sala, desde que el deporte tuvo su crecimiento y apogeo en la modalidad de fútbol de salón, perteneciente a la Federación Venezolana de ese deporte, en la que se consolidó a través de una liga especial en todo el país con transmisión permanente a través de la televisión. Ese desarrollo desembocó en el título mundial que obtuvo la selección nacional en 1997, de la mano del sempiterno luchador Álvaro Guevara y el grupo de jugadores que le dieron realce al salonismo.
En el 2000, la FIFA ordena a sus asociados que deben arropar a todas las modalidades de fútbol existentes, llámese fútbol de salón y de playa. En consecuencia, la FVF dio un golpe certero a su par del fútbol de salón y le quitó todo el talento que tenía. Guevara y sus muchachos saltaron la talanquera y se fueron al seno de la FVF con la ilusión de querer ver cumplidas todas las promesas que les habían dicho en su nueva casa.
Sin embargo, hoy como en los inicios del mileno, la realidad es la misma. La disciplina deambula clandestinamente sin ningún apoyo de la propia Federación. Apenas puede sostener una liga incipiente, escondida y sin ninguna significancia. Guevara hace esfuerzos por lograr mantener el nivel, cada vez más difícil. Aún así consigue destacadas actuaciones a nivel internacional, pero él más que nunca sabe que el esfuerzo es insuficiente, si no se apoya esto como alguna se hizo, acuñada en otro ente federativo.
Es triste saber que siete ediciones después de una liga casi irreal, todavía hablen de profesionalización del deporte, sin que demuestren un plan para conseguir ese objetivo. No existen etapas de desarrollo, un cronograma en el tiempo para ir avanzado en ese norte. En definitiva no existe nada. La rueda de prensa fue el fiel reflejo en que se encuentra el fútbol sala. No hubo presencia del presidente de la FVF, ni tampoco de la directora de mercadeo y comercialización. Ni siquiera Guevara estuvo allí como para demostrar que a pesar de las adversidades, se debe seguir luchando. Los encargados de la disciplina piden apoyo de los medios, pero ¿cómo se puede apoyar a algo si ni siquiera lo apoya la Federación que lo ampara? Tampoco hicieron entrega de nóminas de los integrantes de cada equipo, y si los representantes de las divisas estuvieron presentes, nadie los conoció, porque simplemente no los presentaron. Incluso, hicieron entrega de información errónea al afirmar que la disciplina estará presente en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, cuando eso no es cierto. La única modalidad de fútbol aprobada por el COI es la de fútbol campo.
Así es muy difícil que el fútbol sala salga a flote. Apenas existe por la obligación emanada desde Zúrich y porque deben honrar compromisos económicos adquiridos con el Ministerio del Deporte, que les da una partida para poner en marcha la liga, y la preparación y participación internacional de las selecciones. Sin temor al error si, por la propia FVF fuera, la disciplina no existiera o se dejara de apoyar, pero esa orden de FIFA lo priva de cualquier aventura.
Esta es una nueva demostración del poco interés federativo para impulsar con criterios modernos de desarrollo y gerencia una disciplina. El propio fútbol de campo es víctima de las maneras y tratos de quienes están al frente de la FVF. Ojala que la Comisión de Fútbol Sala tenga éxito y pueda lograr todo lo que tenga planteado para su modalidad. Pero por lo visto, nada hace presumir eso y seguirá siendo algo oculto y furtivo. Definitivamente, deseos no preñan.
jueves, 11 de febrero de 2010
Un trofeo para dos razas
Alejandro Chacón
Quizás nunca antes en la historia de la humanidad un deporte integró más a una nación como ocurrió con el rugby en Sudáfrica. Nelson Mandela fue el artífice de este hecho formidable, unificador de un país dividido por el odio interracial heredado del Apartheid, el funesto sistema de segregación que se implantó por décadas.
Corría 1994 y Mandela acababa de ser elegido el primer presidente de color de Sudáfrica.
El líder había salido cuatro años antes de la isla de Robben, cerca de Ciudad del Cabo, donde permaneció 27 años en prisión.
Tenía ante sí el enorme reto de unir a blancos y negros bajo una misma bandera y nada mejor que aprovechar la Copa Mundial de Rugby de 1995 que se jugaría en su país.
El rugby, para entonces un deporte exclusivo de blancos, era detestado por los negros, quienes lo consideraban un símbolo de opresión al igual que la bandera y el himno. Por lo tanto era difícil la labor de Mandela, ya que encontró resistencia entre sus hermanos de raza.
Faltando un año para el Mundial, el Presidente llamó a su despacho al capitán de la selección, Francois Pienaar, y le pidió su ayuda para que los negros se identificaran con el equipo a la vez que lo aupó a ganar el título a como diera lugar. El elenco estaba integrado por blancos, a excepción de Chester Williams, un jugador mulato.
Pienaar y sus compañeros hicieron suya la misión. El mensaje caló tan hondo que el equipo aprendió un nuevo himno en lengua zulú, el mismo que se cantaba en las manifestaciones de los negros contra los blancos. Antes del partido inaugural, Mandela se acercó a un entrenamiento en Ciudad del Cabo para saludar a los jugadores y desearles suerte.
"Lo llamábamos `Madiba Magic’, él tenía la magia, tenía el aura.
Estaba impactado por su humildad", recuerda Pienaar.
Durante el Mundial, los blancos celebraban cada triunfo con locura, mientras los negros no se interesaban, pero el equipo empezó a ganar y se fueron entusiasmando. Los "Springboks", como se conocía a la selección, derrotaron a los combinados de Australia, Rumania, Canadá y Samoa en la primera fase. En la semifinal contra Francia, Sudáfrica ganó dramáticamente 19 a 15. Cuando el árbitro pitó el término del partido, los negros estaban más enloquecidos que los blancos.
En la otra semifinal, Nueva Zelanda aplastó a Inglaterra por 45-29. La neozelandesa, considerada la mejor selección del mundo, era comandada por Jonah Lomu, un mito del deporte, algo así como Pelé o Maradona pero de 120 kilos de fibra granítica y una velocidad que el mismo Cristiano Ronaldo envidiaría. Un ser casi inexpugnable.
FESTEJARON JUNTOS
El día del partido la tensión era avasallante. En Soweto, los bares estaban repletos de aficionados negros que nunca se habían interesado en el rugby. Mandela apareció con una camiseta verde de los "Springboks", el color de la opresión blanca, y con el número 6 de Pienaar. Saludó a todos los jugadores, así como a los neozelandeses, ante la incredulidad de los 60 mil aficionados que llenaron el Ellis Park de Johannesburgo, en su mayoría blancos que aplaudieron a su Presidente negro.
"En ese momento nos dimos cuenta de que había un país entero detrás nuestro y que este hombre tuviera puesta la camiseta de los `Springboks’ era un signo, no sólo para nosotros, sino también para toda Sudáfrica, de que teníamos que unirnos", comentó el jugador Joost van der Westhuizen.
La determinación de los sudafricanos fue vital para la victoria.
El partido fue parejo y acabó en el tiempo reglamentario empatado a 9. En el periodo extra y con la pizarra igualada a 12, una patada de Joel Stransky puso el 1512 definitivo para delirio de todo un país. Blancos y negros festejaron juntos por primera vez, se consolidó la democracia y comenzó la estabilidad.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Aurinegro en deuda
Nuevamente, Deportivo Táchira fracasa en sus intenciones de acceder a la fase de grupos de la Copa Libertadores de América. Por segundo año consecutivo, el cuadro aurinegro se queda a las puertas del torneo continental de clubes. Por segundo año consecutivo vuelve a tropezar con la misma piedra, sin que se haya producido un revulsivo para cambiar el destino.
Para ser sincero, la temprana despedida es justa, porque en ninguno de los dos enfrentamientos, tanto en el de ida como en el de vuelta, el equipo tachirense mostró contundencia y capacidad de dominar a su rival. Quedó evidenciado lo que desde hace tiempo está claro. Táchira está lejos de ser un equipo con capacidad de imponer fútbol, porque precisamente carece de elementos que hagan fluir su juego. Un equipo que se conforme con hacer un gol y luego cerrarse atrás para aferrarse a un milagro, no puede ni debe trascender en la Copa. Lo hizo en Asunción, tras anotar el gol que sorprendía momentáneamente al Libertad, pero también lo realizó en San Cristóbal, donde debió ser más decidido para dejar sentada la eliminatoria.
El equipo mostró muchas carencias. No tiene quién asuma las riendas en la creación. Lleva meses probando a jugadores sin que haya encontrado la(s) persona(s) que pueda cumplir esa tarea. De igual manera, no ha habido contundencia en el ataque. Si bien tiene nombres importantes, estos lucen huérfanos de balones. Hay apenas momentos de lucidez, pero nunca un juego constante que gusten y enamoren. En la defensa quedaron evidenciadas las fallas para contrarrestar el ataque del rival. Los recuperadores carecieron de movilidad y capacidad para auxiliar en la zaga como para sumar en bloque para el ataque. El único que se salva de la hoguera es Manuel Sanhouse, el salvador en Pueblo Nuevo, pero que poco pudo hacer en Paraguay.
Pareciera imposible ver en este Táchira un buen fútbol, a ras de piso, que juegue en corto, con talento, técnica y creatividad puestos al servicio del equipo. Estos son elementos que identifican al fútbol tachirense. Forman parte de su sello personal. Lamentable.
Qué distinta es esta realidad aurinegra a la de aquel glorioso Deportivo Táchira de los ochenta y noventa, que se paseaba por toda Sudamérica brindando un fútbol de calidad, con jugadores de talento, que sabían hacer diferencia. Su templo de Pueblo Nuevo era una fortaleza inexpugnable, donde los rivales caían sin remedio. Carlos Maldonado formaba parte de ese equipo. Por eso, es incomprensible que su entrenador no haya podido inculcar esos elementos, que hicieron grande al Táchira en el pasado, para reverdecerlo ahora en el presente. ¿Qué puede estar pasando? Por qué tan mal fútbol en el aurinegro? Son interrogantes que sólo el técnico, los jugadores y la dirigencia pueden y deben responder.
Lo que parece claro es que debe haber un revulsivo de fondo en el Táchira, que revise su forma de contratación, sus estructuras para producir talento, su estilo de juego y su capacidad para generar fútbol. A este equipo como al Caracas FC, no es suficiente con ser campeón de un torneo local. Se les debe exigir más y eso es trascender en la Libertadores. Es lamentable, para la fiel afición del Deportivo Táchira, que un año más no puedan apreciar el torneo de clubes de cerca. Es precisamente los hinchas los que deben exigir para que su equipo sea otro, que vuelva a ser grande, el que despertaba orgullo. En definitiva, al aurinegro le faltó calidad como para graduarse en la Copa. Por favor, que el futuro sea distinto para no quedar nuevamente en deuda.
