Primero que todo, este columnista debe ofrecer excusas a Manuel Plasencia, ya que este espacio iba a ser dedicado a este entrenador, luego del homenaje que se le rindió el pasado domingo. Pero en vista de los sucesos lamentables del estadio Olímpico (que padecimos junto al técnico), la tónica obliga a un cambio por la gravedad del mismo.
Esto se les fue de las manos. Esa es la triste conclusión que se puede decir tras los nuevos y penosos hechos de violencia en el fútbol venezolano. Lo primero que hay que decir es que todos quienes hacen vida dentro de la actividad, tienen su dosis de responsabilidad. Federación Venezolana de Fútbol, los clubes, jugadores, técnicos, aficionados, el Estado venezolano y también la prensa han contribuido para que ese monstruo haya crecido y ahora luzca imparable.
Este periodista no cometerá la irresponsabilidad de decir a la gente que no deje de ir al balompié, a pesar de los sucesos. Sólo un insensato cometería semejante sandez. Por el contrario, se entiende al aficionado que de ahora en adelante decida no acudir al estadio o aquel padre o madre que prohíba a su hijo volver. El fútbol se ha convertido en un espectáculo peligroso, riesgoso, donde siempre los más pendejos, pagan los platos rotos. Ya la propia prensa no escapa a los atroces tentáculos de este flagelo.
¿Quién fue el que inició los desordenes del domingo? La verdad que poco importa ante la irrebatible realidad. El primer responsable es la FVF, un organismo que no ha sabido proteger su actividad. Ya es evidente que no le interesa. No le importa si las reglas antiviolencia se cumplan o no. Muestra nuevamente su indiferencia. Son penosos los comunicados que sacó este organismo, como el que publicó el Caracas FC. El primero exige el cumplimiento de la regla y el segundo afirma que está comprometido a tomar las medidas para erradicar definitivamente esta clase de hechos. Ahora bien, Si la FVF y el Caracas FC están comprometidos para acabar con la violencia, ¿por qué no cumplen su propio reglamento antiviolencia? ¿Por qué no han carnetizado a sus barras? ¿Por qué se les permite la entrada al estadio a los violentos?, tal como señala expresamente el reglamento elaborado y aprobado por ellos mismos. No se trata de los hechos del domingo. Se trata de una temporada cargada de violencia en cada fecha, en cada plaza, sin que haya medidas efectivas para acabar con este mal.
El panorama se complica cuando, un organismo que debe guarecer el orden público, hace todo lo contrario, como es el caso de la Policía Metropolitana. La acción brutal de estos efectivos no fue precisamente para disuadir. Fue una vergüenza ver como agredían con saña, rabia y rencor a todo aquel que tenía una camisa roja, sin importar que se tratara de mujeres o niños, violando los derechos humanos. Fue indigno ver como un organismo de seguridad golpeaba con sus cascos y hasta con las sillas que arrancaban de la tribuna. Todas las fuerzas policiales del país, han demostrado una vez más, que no están capacitados para garantizar la seguridad en eventos deportivos. Sin la disposición del Estado venezolano es imposible que esto se controle. Siguen sin demostrar una disponibilidad cónsona y apropiada para ayudar a la actividad. Por el contrario, dan la impresión que la ven con recelo, como si les incomodara.
No se trata sólo de lo ocurrido en el Olímpico, también lo sucedido en Valencia, cuando dos periodistas fueron agredidos por un grupo de seguidores del Carabobo FC, que estaban apostados cerca del estadio, cuando no debían estar allí, ante la obligación de jugarse a puerta cerrada. Lo peor es que hay presidentes de clubes que ignoran que existe una normativa para combatir la violencia. Su permisividad ha permitido que esto haya crecido y escapado de las manos.
Los aficionados no se salvan. No pueden presentarse ahora como angelitos, cuando tiene un amplio prontuario de acciones violentas. Ojala todos los jugadores, entrenadores y dueños de clubes condenaran a sus propios seguidores violentos. El silencio los hace cómplices. Todos hicieron caso omiso a la violencia. Ahora es un monstruo que creció. Que nadie se lave las manos. Ni siquiera la prensa, responsable al ignorar y no alertar lo que era obvio. Aquí también debe haber un mea culpa. Ya es hora que Venezuela tenga su propia ley contra la violencia en el deporte, como la hay en el resto de Sudamérica.
En Mérida, Puerto La Cruz, Barquisimeto, Maracaibo y San Cristóbal, la violencia también luce campante y con fuerza. El fútbol venezolano da muestras de estar enfermo. Un paciente que no quiere reconocer que lo está. Así es imposible cualquier esfuerzo. El balompié se ha convertido en un cuento donde no hay héroes, justicieros o paladines. Es un cuento donde sus protagonistas son puros villanos
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