En 1986, la FIFA inició la campaña del “Fair Play” o “Juego Limpio”, debido, en gran medida por la reacción que produjo el gol anotado con la mano por Diego Maradona. Para el organismo, la deportividad desempeña un papel fundamental en el fútbol y es necesario aplicarla en todos los ámbitos del deporte. Pero tras 24 años, poco se ha avanzado en materia de juego limpio.
Las distintas modificaciones al reglamento de fútbol, que han ocurrido, en procura de conseguir un juego menos brusco y con más deportividad, no han dado los resultados esperados. En los años 90, las continuas faltas adelantaron el retiro del holandés Marco van Vasten. Sus tobillos no aguantaron el exceso de pierna fuerte de los defensores. La salida del balompié de este reconocido jugador hizo sonar las alarmas en el seno de la FIFA, en la necesidad de proteger al futbolista talentoso. El entonces secretario general del organismo, Joseph Blatter le dio mayor dinamismo a la campaña. En 1998, los ‘legisladores’ del fútbol volvieron a romper una lanza en favor del juego limpio y a partir de ese momento las entradas por detrás son sancionables con tarjeta roja. La institución rectora del balompié señalaba en ese momento que la adopción de tal medida a las puertas del siglo XXI dejaba claro el compromiso con el progreso de este deporte.
Pero los resultados han sido muy pobres. Los cambios al reglamento no son cumplidos por los árbitros. Es muy común ver cómo las faltas por detrás no son sancionadas con la roja, tal y como estipula la regla. El juego brusco se ha adueñado del campo. Ya forma parte del panorama y poco es lo que brilla del llamado ‘Fair Play’.
El pasado Mundial de Sudáfrica se caracterizó por el juego violento que tuvo su colofón en la lamentable actuación en la final del árbitro inglés Howard Webb, permitiendo las acciones bruscas de los jugadores holandeses, en especial aquella patada criminal de Nigel de Jong contra Xabi Alonso, en la que apenas le mostró tarjeta amarilla. Las campañas y las modificaciones a la reglamentación sólo se quedan en el papel.
La reciente lesión del argentino Lionel Messi es la última de las entradas brutales. El checo Tomas Ujfalusi fue directo al tobillo derecho del jugador del FC Barcelona. Se pensaba lo peor, pero para fortuna del futbolista, todo quedó en un esguince y 15 días de reposo. Esta vez, el árbitro principal sacó la roja directa. En la primera jornada, Cristiano Ronaldo fue cazado por un defensor del Mallorca, que ni vio amarilla. La siguiente víctima fue Sergio Agüero, alcanzado por una patada de Gurpegui. Estos episodios vuelven a recordar que poco o nada se ha hecho por procurar el juego limpio, que tanto mienta la FIFA.
Sean intencionales o no, las entradas violentas son sancionadas – cuando lo son - con suspensiones casi simbólicas, nada que procure un cambio de actitud o que haga honor al juego limpio.
El técnico del FC Barcelona, Pep Guardiola dijo con razón, que no conocía a un chico más noble que a Leo Messi y que lamentaba las campañas orquestadas por algunos medios que incitaban detener al astro argentino por lo civil o por lo criminal. Le recordó a la prensa la responsabilidad de decir lo que sucede. “No sólo hay que proteger a Cristiano. Los árbitros deben proteger a todos los jugadores”. El estadio Vicente Calderón “despidió” al jugador que lloraba en la camilla, con una serie de improperios y silbidos, alimentados precisamente por esas expresiones irresponsables provenientes de la prensa.
Messi es un jugador que eleva el fútbol a otra dimensión y merece mucho más respeto y protección, como cualquier jugador que haga de esto llamado fútbol, la religión en la que se ha convertido. Es hora de dejar de lado esa desafortunada frase de detener como sea a un jugador. Es esencial proteger a los mejores jugadores del mundo. Las sanciones ejemplarizantes también lo deben ser. De lo contrario, nada se ha hecho y nada se ha avanzado en materia del juego limpio. Ese que tanto se enorgullece la FIFA y que tanto brilla por su ausencia en los campos de fútbol.
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