La selección nacional sub-17 terminó su
participación en el Mundial de la categoría en los Emiratos Árabes Unidos, con
tres claras derrotas y una actuación que fue de más a menos. Fue sin duda un
desempeño muy decepcionante que deja un mal sabor. La desilusión se basa en el
listón que el propio entrenador Rafael Dudamel había planteado antes de
participar en esa justa.
Lo primero que hay que decir es que no ha
sido nada beneficioso creer que esta selección podía ser campeona del mundo. El
DT se trenzó en la postura de hacer ver que este elenco tenía el suficiente
potencial para aspirar a ser el monarca universal. Incluso, alguna diferencia
matizó con la prensa en defensa de esa apreciación. Llegó a decir que si no se
aspiraba en grande, Brasil y Argentina no hubieran podido ser campeones. Muchos
comieron de ese discurso cargado de vicios emocionales, pero muy impreciso y
falta de coherencia con la realidad. Muchos abrazaron la oratoria patriotera
que nunca deja nada bueno. Fue de ingenuos pensar que en la primera participación
en un Mundial de la categoría se podría alcanzar el máximo logro. Era solo un
bonito verso, pero que nunca estuvo sustentado en un análisis coherente de la
realidad futbolística, de las capacidades propias y de las bondades de los
rivales.
Lo que no dijo el técnico es que para poder
correr, primero hay que caminar y antes de eso gatear. Que los procesos en el
fútbol no se dan de la noche a la mañana. Que todo tiene una etapa de
maduración, que va siendo forjado con el crecimiento. Le guste o no admitirlo,
el fútbol venezolano no está todavía para ser campeón mundial. Ni siquiera para
aspirar de forma permanente a estar en Mundiales. Para muestra está la reciente
eliminación en el premundial a Brasil 2014. En definitiva, fue una idea disparatada, algo díscola
alimentar esa ilusión.
Pareciera que causó mucho daño haber sido
subcampeones de Sudamérica. Que no fue sano disparar unas expectativas ilusas a
inalcanzables. Fue un error creer que con la chapa del segundo mejor, se podría
ir a disputar la supremacía con lo más granado del mundo. Las tres derrotas en
el torneo mundialista aterrizaron de una esos falsos anhelos. Esos resultados
dejaron claro en qué lugar está Venezuela y a qué sinceramente puede aspirar. Es que ir a un Mundial no es un acto de fe. Es
otra cosa.
Siempre se ha escuchado que la humildad es la
base del éxito. Pero esta selección perdió en el camino, ese don que era unos
de los rasgos más notables. No era el mismo elenco que llegó al torneo de
Argentina con sencillas pretensiones, casi que por la puerta de atrás, para
adueñarse del escenario con una gran actuación. De eso quedó poco o nada.
Además, estaba claro que no se podía aspirar
al puesto del mejor, si no se tenía a los mejores talentos. Esos que aportaron
la cuota de goles y que fueron transcendentales en el logro mundialista. Era una selección mermada en la ofensiva y
así quedó plasmado en los tres encuentros.
Hacer creer que las fallas de lo ocurrido
pueden estar en las estructuras de las categorías menores tampoco es cierto. Si
algo ha tenido coherencia en la labor que se lleva a cabo en la Federación
Venezolana de Fútbol ha sido en el desarrollo de los torneos sub-17 (ahora
sub-18) y el sub-20. Estas dos divisiones se han expandido en los últimos años
de forma exponencial. Muchos equipos se han tomado en serio desarrollar estas
edades, como antes no sucedía. Incluso han sacado buen dividiendo del trabajo y
esfuerzo realizado allí, ubicando en el exterior a futbolistas salidos de esas
canteras. La mira va apuntando todavía más abajo y ahora se está desarrollando
otras divisiones como la sub-12, sub-14 y sub-16, que seguramente en poco tiempo
traerá beneficios a todas las demás categorías. Saldrán mejores futbolistas,
con más fortaleza en sus virtudes técnicas, físicas y tácticas, y que redundará
en selecciones nacionales más competitivas. También habrá que tratar en serio
la idea de desarrollar el fútbol 7 en campos con dimensiones acordes, como una
forma de explotar los recursos técnicos de los jugadores. Podría servir también, acercarse y ver cómo
trabajan en Japón las divisiones menores. De cómo se forjó su buen elenco
sub-17 es un perfecto ejemplo que bien pudiera ser emulado en el país.
Dentro de todo, se aplaude el discurso autocrítico
y sincero de Dudamel, reconociendo la superioridad de los rivales. Así se
estará de acostumbrado a otra cosa, que cualquier enjuiciamiento propio de un
entrenador, genera tanta admiración como si fuese algo extraordinario. Ha dicho
que parte de la lección que le ha dejado este torneo está en la necesidad de crecer
más y tener más convicción. Señala que hay que elevar el nivel cultural y
disciplinario de los jugadores para estar en la elite y poder aspirar a grandes
cosas. Seguro que forman parte de las falencias exhibidas en el Mundial, pero
también lo es no haber tenido claro esas fallas antes de la cita. Lo es también
el nivel de juego y las limitaciones que se poseía.
Pero quizás el DT no tenía más opciones que
asumir ese mea culpa, luego de disparar esas excelsas ilusiones. Dudamel es un
buen entrenador, que se ha ganado el respeto del plantel. Tiene liderazgo y
ascendencia sobre el mismo. Pero todavía es un técnico que está en fase de
formación, que tiene mucho por lograr y alcanzar. Que esta experiencia
mundialista le sirva de aprendizaje. Que le ayude a medir mejor las expectativas.
Que procure conservar la humildad, que fue una de las armas alzadas en el
certamen sudamericano. Una de las fichas
en el tablero de juego lleva su apellido, cuando se habla del futuro de la
selección nacional de mayores. Como todos, seguro guarda un profundo deseo de guiar
a la vinotinto. Pero mucho tendrá que instruirse y cultivarse. El fútbol da
también segundas oportunidades y seguro que a él también se las dará.
