jueves, 11 de febrero de 2010
Un trofeo para dos razas
Alejandro Chacón
Quizás nunca antes en la historia de la humanidad un deporte integró más a una nación como ocurrió con el rugby en Sudáfrica. Nelson Mandela fue el artífice de este hecho formidable, unificador de un país dividido por el odio interracial heredado del Apartheid, el funesto sistema de segregación que se implantó por décadas.
Corría 1994 y Mandela acababa de ser elegido el primer presidente de color de Sudáfrica.
El líder había salido cuatro años antes de la isla de Robben, cerca de Ciudad del Cabo, donde permaneció 27 años en prisión.
Tenía ante sí el enorme reto de unir a blancos y negros bajo una misma bandera y nada mejor que aprovechar la Copa Mundial de Rugby de 1995 que se jugaría en su país.
El rugby, para entonces un deporte exclusivo de blancos, era detestado por los negros, quienes lo consideraban un símbolo de opresión al igual que la bandera y el himno. Por lo tanto era difícil la labor de Mandela, ya que encontró resistencia entre sus hermanos de raza.
Faltando un año para el Mundial, el Presidente llamó a su despacho al capitán de la selección, Francois Pienaar, y le pidió su ayuda para que los negros se identificaran con el equipo a la vez que lo aupó a ganar el título a como diera lugar. El elenco estaba integrado por blancos, a excepción de Chester Williams, un jugador mulato.
Pienaar y sus compañeros hicieron suya la misión. El mensaje caló tan hondo que el equipo aprendió un nuevo himno en lengua zulú, el mismo que se cantaba en las manifestaciones de los negros contra los blancos. Antes del partido inaugural, Mandela se acercó a un entrenamiento en Ciudad del Cabo para saludar a los jugadores y desearles suerte.
"Lo llamábamos `Madiba Magic’, él tenía la magia, tenía el aura.
Estaba impactado por su humildad", recuerda Pienaar.
Durante el Mundial, los blancos celebraban cada triunfo con locura, mientras los negros no se interesaban, pero el equipo empezó a ganar y se fueron entusiasmando. Los "Springboks", como se conocía a la selección, derrotaron a los combinados de Australia, Rumania, Canadá y Samoa en la primera fase. En la semifinal contra Francia, Sudáfrica ganó dramáticamente 19 a 15. Cuando el árbitro pitó el término del partido, los negros estaban más enloquecidos que los blancos.
En la otra semifinal, Nueva Zelanda aplastó a Inglaterra por 45-29. La neozelandesa, considerada la mejor selección del mundo, era comandada por Jonah Lomu, un mito del deporte, algo así como Pelé o Maradona pero de 120 kilos de fibra granítica y una velocidad que el mismo Cristiano Ronaldo envidiaría. Un ser casi inexpugnable.
FESTEJARON JUNTOS
El día del partido la tensión era avasallante. En Soweto, los bares estaban repletos de aficionados negros que nunca se habían interesado en el rugby. Mandela apareció con una camiseta verde de los "Springboks", el color de la opresión blanca, y con el número 6 de Pienaar. Saludó a todos los jugadores, así como a los neozelandeses, ante la incredulidad de los 60 mil aficionados que llenaron el Ellis Park de Johannesburgo, en su mayoría blancos que aplaudieron a su Presidente negro.
"En ese momento nos dimos cuenta de que había un país entero detrás nuestro y que este hombre tuviera puesta la camiseta de los `Springboks’ era un signo, no sólo para nosotros, sino también para toda Sudáfrica, de que teníamos que unirnos", comentó el jugador Joost van der Westhuizen.
La determinación de los sudafricanos fue vital para la victoria.
El partido fue parejo y acabó en el tiempo reglamentario empatado a 9. En el periodo extra y con la pizarra igualada a 12, una patada de Joel Stransky puso el 1512 definitivo para delirio de todo un país. Blancos y negros festejaron juntos por primera vez, se consolidó la democracia y comenzó la estabilidad.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Aurinegro en deuda
Nuevamente, Deportivo Táchira fracasa en sus intenciones de acceder a la fase de grupos de la Copa Libertadores de América. Por segundo año consecutivo, el cuadro aurinegro se queda a las puertas del torneo continental de clubes. Por segundo año consecutivo vuelve a tropezar con la misma piedra, sin que se haya producido un revulsivo para cambiar el destino.
Para ser sincero, la temprana despedida es justa, porque en ninguno de los dos enfrentamientos, tanto en el de ida como en el de vuelta, el equipo tachirense mostró contundencia y capacidad de dominar a su rival. Quedó evidenciado lo que desde hace tiempo está claro. Táchira está lejos de ser un equipo con capacidad de imponer fútbol, porque precisamente carece de elementos que hagan fluir su juego. Un equipo que se conforme con hacer un gol y luego cerrarse atrás para aferrarse a un milagro, no puede ni debe trascender en la Copa. Lo hizo en Asunción, tras anotar el gol que sorprendía momentáneamente al Libertad, pero también lo realizó en San Cristóbal, donde debió ser más decidido para dejar sentada la eliminatoria.
El equipo mostró muchas carencias. No tiene quién asuma las riendas en la creación. Lleva meses probando a jugadores sin que haya encontrado la(s) persona(s) que pueda cumplir esa tarea. De igual manera, no ha habido contundencia en el ataque. Si bien tiene nombres importantes, estos lucen huérfanos de balones. Hay apenas momentos de lucidez, pero nunca un juego constante que gusten y enamoren. En la defensa quedaron evidenciadas las fallas para contrarrestar el ataque del rival. Los recuperadores carecieron de movilidad y capacidad para auxiliar en la zaga como para sumar en bloque para el ataque. El único que se salva de la hoguera es Manuel Sanhouse, el salvador en Pueblo Nuevo, pero que poco pudo hacer en Paraguay.
Pareciera imposible ver en este Táchira un buen fútbol, a ras de piso, que juegue en corto, con talento, técnica y creatividad puestos al servicio del equipo. Estos son elementos que identifican al fútbol tachirense. Forman parte de su sello personal. Lamentable.
Qué distinta es esta realidad aurinegra a la de aquel glorioso Deportivo Táchira de los ochenta y noventa, que se paseaba por toda Sudamérica brindando un fútbol de calidad, con jugadores de talento, que sabían hacer diferencia. Su templo de Pueblo Nuevo era una fortaleza inexpugnable, donde los rivales caían sin remedio. Carlos Maldonado formaba parte de ese equipo. Por eso, es incomprensible que su entrenador no haya podido inculcar esos elementos, que hicieron grande al Táchira en el pasado, para reverdecerlo ahora en el presente. ¿Qué puede estar pasando? Por qué tan mal fútbol en el aurinegro? Son interrogantes que sólo el técnico, los jugadores y la dirigencia pueden y deben responder.
Lo que parece claro es que debe haber un revulsivo de fondo en el Táchira, que revise su forma de contratación, sus estructuras para producir talento, su estilo de juego y su capacidad para generar fútbol. A este equipo como al Caracas FC, no es suficiente con ser campeón de un torneo local. Se les debe exigir más y eso es trascender en la Libertadores. Es lamentable, para la fiel afición del Deportivo Táchira, que un año más no puedan apreciar el torneo de clubes de cerca. Es precisamente los hinchas los que deben exigir para que su equipo sea otro, que vuelva a ser grande, el que despertaba orgullo. En definitiva, al aurinegro le faltó calidad como para graduarse en la Copa. Por favor, que el futuro sea distinto para no quedar nuevamente en deuda.
