Nuevamente, Deportivo Táchira fracasa en sus intenciones de acceder a la fase de grupos de la Copa Libertadores de América. Por segundo año consecutivo, el cuadro aurinegro se queda a las puertas del torneo continental de clubes. Por segundo año consecutivo vuelve a tropezar con la misma piedra, sin que se haya producido un revulsivo para cambiar el destino.
Para ser sincero, la temprana despedida es justa, porque en ninguno de los dos enfrentamientos, tanto en el de ida como en el de vuelta, el equipo tachirense mostró contundencia y capacidad de dominar a su rival. Quedó evidenciado lo que desde hace tiempo está claro. Táchira está lejos de ser un equipo con capacidad de imponer fútbol, porque precisamente carece de elementos que hagan fluir su juego. Un equipo que se conforme con hacer un gol y luego cerrarse atrás para aferrarse a un milagro, no puede ni debe trascender en la Copa. Lo hizo en Asunción, tras anotar el gol que sorprendía momentáneamente al Libertad, pero también lo realizó en San Cristóbal, donde debió ser más decidido para dejar sentada la eliminatoria.
El equipo mostró muchas carencias. No tiene quién asuma las riendas en la creación. Lleva meses probando a jugadores sin que haya encontrado la(s) persona(s) que pueda cumplir esa tarea. De igual manera, no ha habido contundencia en el ataque. Si bien tiene nombres importantes, estos lucen huérfanos de balones. Hay apenas momentos de lucidez, pero nunca un juego constante que gusten y enamoren. En la defensa quedaron evidenciadas las fallas para contrarrestar el ataque del rival. Los recuperadores carecieron de movilidad y capacidad para auxiliar en la zaga como para sumar en bloque para el ataque. El único que se salva de la hoguera es Manuel Sanhouse, el salvador en Pueblo Nuevo, pero que poco pudo hacer en Paraguay.
Pareciera imposible ver en este Táchira un buen fútbol, a ras de piso, que juegue en corto, con talento, técnica y creatividad puestos al servicio del equipo. Estos son elementos que identifican al fútbol tachirense. Forman parte de su sello personal. Lamentable.
Qué distinta es esta realidad aurinegra a la de aquel glorioso Deportivo Táchira de los ochenta y noventa, que se paseaba por toda Sudamérica brindando un fútbol de calidad, con jugadores de talento, que sabían hacer diferencia. Su templo de Pueblo Nuevo era una fortaleza inexpugnable, donde los rivales caían sin remedio. Carlos Maldonado formaba parte de ese equipo. Por eso, es incomprensible que su entrenador no haya podido inculcar esos elementos, que hicieron grande al Táchira en el pasado, para reverdecerlo ahora en el presente. ¿Qué puede estar pasando? Por qué tan mal fútbol en el aurinegro? Son interrogantes que sólo el técnico, los jugadores y la dirigencia pueden y deben responder.
Lo que parece claro es que debe haber un revulsivo de fondo en el Táchira, que revise su forma de contratación, sus estructuras para producir talento, su estilo de juego y su capacidad para generar fútbol. A este equipo como al Caracas FC, no es suficiente con ser campeón de un torneo local. Se les debe exigir más y eso es trascender en la Libertadores. Es lamentable, para la fiel afición del Deportivo Táchira, que un año más no puedan apreciar el torneo de clubes de cerca. Es precisamente los hinchas los que deben exigir para que su equipo sea otro, que vuelva a ser grande, el que despertaba orgullo. En definitiva, al aurinegro le faltó calidad como para graduarse en la Copa. Por favor, que el futuro sea distinto para no quedar nuevamente en deuda.

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