La tormenta que se ha desatado sobre el Caracas FC, tras la salida de Noel Sanvicente, ha tocado todas las fibras en las que está envuelto el fútbol. Muchos más allá de las razones que ha expuesto cada parte para desencadenar la ruptura final, la situación ha revelado las formas distintas con que cada quien ve el fútbol. Los dimes y diretes han sido el colofón de unas relaciones que desde hacía rato estaban rotas.
Sanvicente avizoró algo que para nada le gustaba. La cercanía de su patrón con el entorno de la selección nacional lo vio como un golpe de traición. Ya Chita no quería seguir bajo la nueva modalidad que pretende Philip Valentiner, y éste entendió sin vacilar, que la salida del estratega era la mejor opción para los nuevos planes del equipo.
El ex entrenador del rojo espetó si titubeos algo a lo que calificó de “manoseo” en las intenciones de su patrón para involucrarse en las alineaciones. El técnico, fiel a su estilo, impuso su condición de que nadie le debería imponer “x” o “y” jugador con fines distintos a los deportivos. Entiende que para algo es el entrenador. Que se le trajo para ser campeón y destacar en los torneos internacionales. No para prestarse al negocio.
Por su parte, Philip Valentiner tiene todo su derecho de manejar a su club como mejor le plazca. De querer utilizarlo como plataforma para vender jugadores. De hecho, es el equipo que más coloca a futbolistas en el exterior. Lo ha hecho con jugadores de la talla de Gabriel Miranda, Juan Arango, Gabriel Urdaneta, entre otro y más recientemente con Ronald Vargas. Pero en las oficinas del Caracas FC deben entender algo. No siempre se encontrará el talento para venderse con la rapidez deseada. No siempre las camadas están rebosantes de calidad para querer exportar de forma continua. El talento es puntual y no siempre abunda. No se trata de una fábrica de salchichas para producir en serie. El fútbol es otra cosa.
No hay muchas luces que avizoren si el nuevo plan con que se sustentará de ahora en adelante el club, va acorde con los preceptos de siempre de ser el mejor equipo del país, al que está permanente obligado a sumar títulos y sobresalir en Sudamérica. Ahora bien, cuando el propietario del Caracas FC habla de la selección nacional, no deja muy en claro si la llegada de jugadores de su equipo a la vinotinto, se debe a méritos deportivos o para establecer unas “relaciones estratégicas”, en procura para impulsar la colocación de jugadores. De ser así, se estaría desnaturalizando el propósito de un combinado nacional. Se entiende que a la selección llegan los jugadores que demuestran virtudes en la cancha y no porque se le quiera exhibir en vitrina para sacar provecho. Son muchas interrogantes que quedan en el aire, producto de piezas no encuadran en el rompecabezas.
Lo cierto es que el futuro es sombrío tanto para Sanvicente como para el Caracas. El técnico difícilmente encuentre en el país lo que él quiere y desee como modelo de equipo. Ninguna otra institución tiene lo que hay en el Caracas FC. Ninguno tiene categorías menores organizadas y apuestan a proyectos a largo plazo. Hoy en día, los dirigentes no se caracterizan por la paciencia. Todo lo contrario, son resultadistas. Acaban con cualquier proyecto ante las primeras adversidades. Existen técnicos que fueron ganadores y campeones con el Caracas y que no han conseguido éxito en otras instituciones por lo antes expuesto.
Pero tampoco será fácil para el rojo encontrar un entrenador tan comprometido con el club como Sanvicente. Caló mucho más allá de lo que un estratega lo hace. Su liderazgo, personalidad, capacidad y prosapia han dejado una huella que difícilmente se suprima. El equipo ha sido confiado a Ceferino Bencomo, un hombre de la casa, que hizo toda su carrera de jugador en la institución, pero que sin embargo, no era cercano a Sanvicente. La tarea es dura para el ex lateral derecho del rojo. Un compromiso lleno de adversidades, además de las tensiones que lo rodean. A ver qué sucede el uno sin el otro y viceversa. Por lo pronto, las heridas siguen abiertas y quién sabe cuándo cicatrizarán.
miércoles, 24 de marzo de 2010
miércoles, 3 de marzo de 2010
El fútbol sala
En días pasados, la Comisión de Fútbol Sala de la Federación Venezolana de Fútbol dio una rueda de prensa para presentar la séptima edición de su campeonato nacional. Mucho más allá de las precariedades de forma sobre el inadecuado lugar escogido para dar la información, preocupa seriamente el fondo de esta disciplina, agobiada por la desidia y abandono de su propio ente rector. El presidente y secretario general de dicha Comisión trataron de explicar, quizás sin mucha fortuna, que en algún momento, este deporte tendrá carácter profesional y crecerá de todas sus instancias, en unos discursos lleno de buenas intenciones, pero carentes de cómo y cuándo.
Este columnista ha sido seguidor y testigo cercano del fútbol sala, desde que el deporte tuvo su crecimiento y apogeo en la modalidad de fútbol de salón, perteneciente a la Federación Venezolana de ese deporte, en la que se consolidó a través de una liga especial en todo el país con transmisión permanente a través de la televisión. Ese desarrollo desembocó en el título mundial que obtuvo la selección nacional en 1997, de la mano del sempiterno luchador Álvaro Guevara y el grupo de jugadores que le dieron realce al salonismo.
En el 2000, la FIFA ordena a sus asociados que deben arropar a todas las modalidades de fútbol existentes, llámese fútbol de salón y de playa. En consecuencia, la FVF dio un golpe certero a su par del fútbol de salón y le quitó todo el talento que tenía. Guevara y sus muchachos saltaron la talanquera y se fueron al seno de la FVF con la ilusión de querer ver cumplidas todas las promesas que les habían dicho en su nueva casa.
Sin embargo, hoy como en los inicios del mileno, la realidad es la misma. La disciplina deambula clandestinamente sin ningún apoyo de la propia Federación. Apenas puede sostener una liga incipiente, escondida y sin ninguna significancia. Guevara hace esfuerzos por lograr mantener el nivel, cada vez más difícil. Aún así consigue destacadas actuaciones a nivel internacional, pero él más que nunca sabe que el esfuerzo es insuficiente, si no se apoya esto como alguna se hizo, acuñada en otro ente federativo.
Es triste saber que siete ediciones después de una liga casi irreal, todavía hablen de profesionalización del deporte, sin que demuestren un plan para conseguir ese objetivo. No existen etapas de desarrollo, un cronograma en el tiempo para ir avanzado en ese norte. En definitiva no existe nada. La rueda de prensa fue el fiel reflejo en que se encuentra el fútbol sala. No hubo presencia del presidente de la FVF, ni tampoco de la directora de mercadeo y comercialización. Ni siquiera Guevara estuvo allí como para demostrar que a pesar de las adversidades, se debe seguir luchando. Los encargados de la disciplina piden apoyo de los medios, pero ¿cómo se puede apoyar a algo si ni siquiera lo apoya la Federación que lo ampara? Tampoco hicieron entrega de nóminas de los integrantes de cada equipo, y si los representantes de las divisas estuvieron presentes, nadie los conoció, porque simplemente no los presentaron. Incluso, hicieron entrega de información errónea al afirmar que la disciplina estará presente en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, cuando eso no es cierto. La única modalidad de fútbol aprobada por el COI es la de fútbol campo.
Así es muy difícil que el fútbol sala salga a flote. Apenas existe por la obligación emanada desde Zúrich y porque deben honrar compromisos económicos adquiridos con el Ministerio del Deporte, que les da una partida para poner en marcha la liga, y la preparación y participación internacional de las selecciones. Sin temor al error si, por la propia FVF fuera, la disciplina no existiera o se dejara de apoyar, pero esa orden de FIFA lo priva de cualquier aventura.
Esta es una nueva demostración del poco interés federativo para impulsar con criterios modernos de desarrollo y gerencia una disciplina. El propio fútbol de campo es víctima de las maneras y tratos de quienes están al frente de la FVF. Ojala que la Comisión de Fútbol Sala tenga éxito y pueda lograr todo lo que tenga planteado para su modalidad. Pero por lo visto, nada hace presumir eso y seguirá siendo algo oculto y furtivo. Definitivamente, deseos no preñan.
Este columnista ha sido seguidor y testigo cercano del fútbol sala, desde que el deporte tuvo su crecimiento y apogeo en la modalidad de fútbol de salón, perteneciente a la Federación Venezolana de ese deporte, en la que se consolidó a través de una liga especial en todo el país con transmisión permanente a través de la televisión. Ese desarrollo desembocó en el título mundial que obtuvo la selección nacional en 1997, de la mano del sempiterno luchador Álvaro Guevara y el grupo de jugadores que le dieron realce al salonismo.
En el 2000, la FIFA ordena a sus asociados que deben arropar a todas las modalidades de fútbol existentes, llámese fútbol de salón y de playa. En consecuencia, la FVF dio un golpe certero a su par del fútbol de salón y le quitó todo el talento que tenía. Guevara y sus muchachos saltaron la talanquera y se fueron al seno de la FVF con la ilusión de querer ver cumplidas todas las promesas que les habían dicho en su nueva casa.
Sin embargo, hoy como en los inicios del mileno, la realidad es la misma. La disciplina deambula clandestinamente sin ningún apoyo de la propia Federación. Apenas puede sostener una liga incipiente, escondida y sin ninguna significancia. Guevara hace esfuerzos por lograr mantener el nivel, cada vez más difícil. Aún así consigue destacadas actuaciones a nivel internacional, pero él más que nunca sabe que el esfuerzo es insuficiente, si no se apoya esto como alguna se hizo, acuñada en otro ente federativo.
Es triste saber que siete ediciones después de una liga casi irreal, todavía hablen de profesionalización del deporte, sin que demuestren un plan para conseguir ese objetivo. No existen etapas de desarrollo, un cronograma en el tiempo para ir avanzado en ese norte. En definitiva no existe nada. La rueda de prensa fue el fiel reflejo en que se encuentra el fútbol sala. No hubo presencia del presidente de la FVF, ni tampoco de la directora de mercadeo y comercialización. Ni siquiera Guevara estuvo allí como para demostrar que a pesar de las adversidades, se debe seguir luchando. Los encargados de la disciplina piden apoyo de los medios, pero ¿cómo se puede apoyar a algo si ni siquiera lo apoya la Federación que lo ampara? Tampoco hicieron entrega de nóminas de los integrantes de cada equipo, y si los representantes de las divisas estuvieron presentes, nadie los conoció, porque simplemente no los presentaron. Incluso, hicieron entrega de información errónea al afirmar que la disciplina estará presente en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, cuando eso no es cierto. La única modalidad de fútbol aprobada por el COI es la de fútbol campo.
Así es muy difícil que el fútbol sala salga a flote. Apenas existe por la obligación emanada desde Zúrich y porque deben honrar compromisos económicos adquiridos con el Ministerio del Deporte, que les da una partida para poner en marcha la liga, y la preparación y participación internacional de las selecciones. Sin temor al error si, por la propia FVF fuera, la disciplina no existiera o se dejara de apoyar, pero esa orden de FIFA lo priva de cualquier aventura.
Esta es una nueva demostración del poco interés federativo para impulsar con criterios modernos de desarrollo y gerencia una disciplina. El propio fútbol de campo es víctima de las maneras y tratos de quienes están al frente de la FVF. Ojala que la Comisión de Fútbol Sala tenga éxito y pueda lograr todo lo que tenga planteado para su modalidad. Pero por lo visto, nada hace presumir eso y seguirá siendo algo oculto y furtivo. Definitivamente, deseos no preñan.
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