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miércoles, 24 de marzo de 2010

Heridas abiertas

La tormenta que se ha desatado sobre el Caracas FC, tras la salida de Noel Sanvicente, ha tocado todas las fibras en las que está envuelto el fútbol. Muchos más allá de las razones que ha expuesto cada parte para desencadenar la ruptura final, la situación ha revelado las formas distintas con que cada quien ve el fútbol. Los dimes y diretes han sido el colofón de unas relaciones que desde hacía rato estaban rotas.
Sanvicente avizoró algo que para nada le gustaba. La cercanía de su patrón con el entorno de la selección nacional lo vio como un golpe de traición. Ya Chita no quería seguir bajo la nueva modalidad que pretende Philip Valentiner, y éste entendió sin vacilar, que la salida del estratega era la mejor opción para los nuevos planes del equipo.
El ex entrenador del rojo espetó si titubeos algo a lo que calificó de “manoseo” en las intenciones de su patrón para involucrarse en las alineaciones. El técnico, fiel a su estilo, impuso su condición de que nadie le debería imponer “x” o “y” jugador con fines distintos a los deportivos. Entiende que para algo es el entrenador. Que se le trajo para ser campeón y destacar en los torneos internacionales. No para prestarse al negocio.
Por su parte, Philip Valentiner tiene todo su derecho de manejar a su club como mejor le plazca. De querer utilizarlo como plataforma para vender jugadores. De hecho, es el equipo que más coloca a futbolistas en el exterior. Lo ha hecho con jugadores de la talla de Gabriel Miranda, Juan Arango, Gabriel Urdaneta, entre otro y más recientemente con Ronald Vargas. Pero en las oficinas del Caracas FC deben entender algo. No siempre se encontrará el talento para venderse con la rapidez deseada. No siempre las camadas están rebosantes de calidad para querer exportar de forma continua. El talento es puntual y no siempre abunda. No se trata de una fábrica de salchichas para producir en serie. El fútbol es otra cosa.
No hay muchas luces que avizoren si el nuevo plan con que se sustentará de ahora en adelante el club, va acorde con los preceptos de siempre de ser el mejor equipo del país, al que está permanente obligado a sumar títulos y sobresalir en Sudamérica. Ahora bien, cuando el propietario del Caracas FC habla de la selección nacional, no deja muy en claro si la llegada de jugadores de su equipo a la vinotinto, se debe a méritos deportivos o para establecer unas “relaciones estratégicas”, en procura para impulsar la colocación de jugadores. De ser así, se estaría desnaturalizando el propósito de un combinado nacional. Se entiende que a la selección llegan los jugadores que demuestran virtudes en la cancha y no porque se le quiera exhibir en vitrina para sacar provecho. Son muchas interrogantes que quedan en el aire, producto de piezas no encuadran en el rompecabezas.
Lo cierto es que el futuro es sombrío tanto para Sanvicente como para el Caracas. El técnico difícilmente encuentre en el país lo que él quiere y desee como modelo de equipo. Ninguna otra institución tiene lo que hay en el Caracas FC. Ninguno tiene categorías menores organizadas y apuestan a proyectos a largo plazo. Hoy en día, los dirigentes no se caracterizan por la paciencia. Todo lo contrario, son resultadistas. Acaban con cualquier proyecto ante las primeras adversidades. Existen técnicos que fueron ganadores y campeones con el Caracas y que no han conseguido éxito en otras instituciones por lo antes expuesto.
Pero tampoco será fácil para el rojo encontrar un entrenador tan comprometido con el club como Sanvicente. Caló mucho más allá de lo que un estratega lo hace. Su liderazgo, personalidad, capacidad y prosapia han dejado una huella que difícilmente se suprima. El equipo ha sido confiado a Ceferino Bencomo, un hombre de la casa, que hizo toda su carrera de jugador en la institución, pero que sin embargo, no era cercano a Sanvicente. La tarea es dura para el ex lateral derecho del rojo. Un compromiso lleno de adversidades, además de las tensiones que lo rodean. A ver qué sucede el uno sin el otro y viceversa. Por lo pronto, las heridas siguen abiertas y quién sabe cuándo cicatrizarán.

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