Un dictador como Muammar Gadafi tiene excentricidades. Una de ellas es la pasión y a la vez el odio que le profesa al fútbol. El deporte rey no ha escapado de sus acciones, muchas ellas relacionadas a su poder, producto de la riqueza petrolera que lo ha utilizado para escalar posiciones y para satisfacer las pretensiones de su malcriado hijo Al Saadi Gadafi, de figurar en el primer mundo del balompié.
Este coronel libio ha tenido un affaire con el deporte, dentro de las contradicciones que siempre ha caracterizado su vida. En alguna ocasión, catalogó al fútbol como de idiotas. En 1975, el año al que ascendió al poder en Libia, escribió en su dogmático Libro Verde lo siguiente: “Los aficionados al fútbol y a los deportes son completamente idiotas, hasta el punto de que llevan a los campos de juego todas sus frustraciones e incapacidades. Son gente fracasada, desperdiciada”.
Años después en el 2006, Gadafi publicó en su página de Internet una serie de conceptos contrarios al fútbol. Se atrevió a advertir sobre los males que podría causar una Copa del Mundo. “Primero, tengan cuidado con las enfermedades mortales ocasionadas por el Mundial. Investigación médica ha probado y seguirá probando en el futuro que quienes padecen fútbol-manía y son adictos al juego, poseen mayor riesgo de desórdenes psicológicos y nerviosos. Esos desórdenes son causantes de ataques al corazón, diabetes, hipertensión y envejecimiento prematuro”, dijo. Llegó incluso a decir que el Mundial debe ser abolido en vista del riesgo mortal al que expone al mundo psicológica y moralmente. Lleva a problemas, dificultades, desórdenes, odio y enemistad”.
Hijo de papi
Pero su hijo Al Saadi Gadafi resulta ser aun más particular en el mundo del fútbol. Se debate entre sus exquisitos gustos del jetset con modelos en bikini en alguna playa de Cerdeña y sus deseos de ser un gran futbolista. En ese sentido, su padre lo ha complacido en todo. Le dio un club, Al-Ittihad de Trípoli, para que hiciera lo que le diera la gana. Por supuesto que no tuvo problemas para ganarse la titularidad en la alineación. “Normalmente, juega siempre los 90 minutos. Sólo se le cambia cuando él quiere”, revela Giseppe Dossena, ex entrenador del club libio. Además de jugar, es también presidente de la Federación Libia de Fútbol, en una clara contradicción de funciones donde la FIFA prefiere voltear la cara para otro lado.
Todas estas muestras de arrogancia nunca han sido del agrado del ciudadano libio. En alguna ocasión, fue lanzado al terreno de juego un burro portando la casaca 10 de Al Saadi, en una clara muestra de burla y repudio a su gestión al frente del fútbol libio. De hecho, uno de los pocos espacios de protesta anti-Gadafi siempre fue el estadio.
El 14 de julio de 1996, durante un partido de fútbol en Trípoli, organizado por su hijo, se suscitó un hecho de violencia que desembocó en sangrientos disturbios como protesta contra el hijo de Gadafi. Hacia el final del partido, el equipo propiedad de Al Saadi anotó un gol muy dudoso y el árbitro, intimidado por la figura del hijo del dictador, lo dio por válido. Eso desató invasión de campo y cánticos en contra del régimen, a lo que la guardia de Al Saadi respondió con balas, con el trágico desenlace de 50 muertos. El coronel Gadafi suspendió el torneo libio por cuarenta días. Muchos consideran que esa fue la primera muestra de disidencia en la capital Trípoli.
El deseo de Al Saadi ha sido jugar en el fútbol de elite. Pero el tercero de los vástagos de Gadafi no se trata de un jugador de nivel ni mucho menos. Más bien carece de talento pero sí posee mucho dinero. Hecho que le abrió las puertas al Perugia en el 2003.
Pero antes de debutar con el cuadro italiano, fue suspendido al dar positivo de nandrolona, en un control antidopaje. La prensa libia catalogó de complot ese hecho. Luego de 39 encuentros en la banca, disputó quince minutos casualmente contra la Juventus, equipo del que posee 7,5% de las acciones del club ‘bianconero’.
Precisamente, Al Saadi y su padre, a través de la empresa estatal Lafico (Libyan Arab Foreign Investment Company) son dueños de ese paquete accionario de club piamontés, aprovechando la necesidad económica de Gianni Agnelli, propietario del equipo y del fabricante de automóviles FIAT. “Nos interesa el club porque queremos potenciar la realidad de nuestro fútbol y porque abre el camino a muchos jóvenes de mi país”, dijo Al Saadi en el 2002. Por esa negociación, el hijo de Gadafi pudo cumplir el anhelo de entrenarse con el primer equipo.
No fue casualidad que la final de la Supercopa de Italia de 2002 se disputara el 25 de agosto en Trípoli entre la Juventus y Parma. De por medio hubo muchos incentivos de los Gadafi, que la Federación Italiana de Fútbol no pudo resistirse.
Tres años más tarde, fue firmado por el Udinese y esta vez disputó 10 minutos en el último cotejo de la campaña. Para el siguiente torneo, lo fichó la Sampdoria, cuyo presidente, Riccardo Garrone, es dueño de una empresa petrolera con negocios en Libia.
Al Saadi ha promovido a través del dinero fácil de la riqueza petrolera de su país que clubes de Europa hayan aceptado jugar encuentros amistosos con el Al-Ittihad. Bajo esta forma, a Lazio jugó en 2002 en la capital libia a cambio de 600 mil euros anuales y el FC Barcelona recibió otros 300 mil en 2003, por un encuentro amistoso en el Miniestadi de la capital catalana.
Es evidente la vida de contradicciones de Gadafi y su hijo. Mientras uno, en su texto fundacional de la nación libia arremete contra el balompié, el otro aprovecha los petrodólares para llegar cerca de lo más granado del fútbol.
Lo cierto es que en este momento en que una revuelta tambalea al dictador libio, hay mucha gente y clubes que prefieren esconder sus relaciones con los Gadafi.
Relaciones peligrosas
En 2009, el dictador quien mantiene una amistad con el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi y dueño del Milan, manifestó su voluntad de comprarle el club ‘rossonero’. Mientras su Al Saadi hizo amistad con Diego Maradona, quien a su vez sirvió de puente para que el entrenador Carlos Bilardo dirigiera la selección de Libia, y le recomendó contratar como preparador físico a Ben Johnson, el atleta que pasará a la historia como el más famoso sancionado por dopaje tras ganar los 100 metros de los Juegos Olímpicos de Seúl 88
