El famoso poema, “Canción de otoño en primavera” de Rubén Darío comienza con la frase que titula la columna y trata de las bondades que supone esa hermosa etapa de la vida y de la melancolía que se siente cuando se está a punto de perderla. Basado en ello, el Caracas FC comienza a sacar pecho por su apuesta a su inagotable cantera, por lo que fue el riesgo en su momento, la de darle la responsabilidad a los chamos.
El juego ante Mineros de Guayana ha sido la confirmación de que ese reto fue el mejor camino escogido por la institución capitalina. Seguramente la necesidad de dar un giro, por razones económicas y por exhibir su propia producción, el rojo ahora emerge con fuerza entre los favoritos, pero con la etiqueta de su juventud.
Atrás quedaron los tiempos de aquellas nóminas de estrellas o de esa política de hacer fichajes costosos y muy pomposos, que caracterizaron las primeras dos décadas del equipo en manos del Organización Deportiva Cocodrilos.
Hoy, el fuste donde se fundamentan las columnas de las metas del club apunta a sus jugadores, que vienen con el sello de casa desde sus categorías menores. El tiempo le está dando la razón a Philip Valentiner, que entendió la necesidad de hacer un giro drástico en el camino del club.
La cualidad del presidente fue aguantar estoicamente las críticas que le llovieron desde todas partes. La de plantarse como un roble en su postura y reafirmar que lo que estaba haciendo, era el camino correcto. Ya nadie se acuerda de esos malos momentos, cargados de tensión que se vivieron en los alrededores del Cocodrilos Sports Park.
Sin todavía saborear un título desde el momento de la decisión, todo indica que fue la ruta certera. Hoy, la afición y los medios hablan con orgullo de los logros y lo hecho por Fernando Aristiguieta, Alexander González y Josef Martínez., como si se tratara de tres viejos estandartes del club, cuando ninguno de los tres llega a los 20 años de vida.
Hay algo que merece ser también destacado. El triunfo contundente sobre el cuadro de Guayana, se hizo con una plantilla de puros jugadores venezolanos, de los cuales siete salieron de las categorías menores del club. No es que el refuerzo no haga falta, pero no es lo más importante en lo deportivo.
Ya no hay miedo para colocar a un joven de 21 años, como lo es Pedro Caraballo en el arco, a pesar de ser el tercer arquero. En otro club, seguro hubiera apostado por uno de experiencia, ante las dudas, ante el temor. Lo más destacable es que la normativa del sub-20 no es vista como una regla obligada a cumplir. Por el contrario, se ve como un estímulo y no solo ubican a un juvenil, si no que colocan a dos y hasta tres, como ocurrió el domingo pasado.
Mientras la mayoría de los equipos entiende que los hombres de área deben ser futbolistas curtidos en el oficio y conocedores de lo que es la liga, en el Caracas ve que lo normal es colocar a dos chamos, con un enorme talento que ya comienza a dar sus frutos.
Es cierto que desde aquel momento en que se tomó la decisión, el club no ha mantenido una línea de protagonismo como acostumbraba, pero tampoco ha sido un transitar de tropiezos, que hagan pensar en el viejo pasado. Si no se acuerdan de los malos momentos, menos se añoran los tiempos de los buques insignia, que caracterizaron los años de éxito, que vivió el club en los dos últimos lustros. Al contrario de Rubén Darío, al rojo no le embarga los sentimientos por la pérdida de los buenos años. Su fuente se renueva para seguir produciendo la materia prima, que mantiene viva la ilusión.
Lo que sí parece claro es que los títulos se avizoran en el horizonte. Están cada día más cerca. Mientras unos apuestan a las figuras consagradas, a la experiencia; otros como el rojo, lo hace por su juventud. Por eso, con certeza, pase lo que pase, llegue o no el título para rojo esta temporada, el camino escogido es el correcto. Es el camino por la juventud, el divino tesoro.

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