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jueves, 31 de marzo de 2016

Una nueva debacle que sentencia el ciclo Sanvicente



La caída contra Chile ha dejado sentenciado el proceso de Noel Sanvicente al frente de la Vinotinto. La nueva derrota fue otro capítulo por la que este ciclo debe acabar ya. Los errores y desatenciones de los jugadores, las fallas de funcionamiento y de lectura desde el banquillo fueron parte del abanico pecados que ha venido caracterizando a la selección de Venezuela. No tener claridad en los jugadores, no saber ponerlo a funcionar y sin saber ubicarlos, fueron parte del rosario de errores desde el banco.
El vía crucis de “Chita” comenzó antes del partido, cuando súbitamente surgió una polémica, al develarse extrañamente antes de hacerlo conocer a la prensa, que Luis Manuel Seijas no formaba parte del once titular. La exclusión del jugador sorprendió a mucho y quizás por ahí, comenzó la inestabilidad, que terminó en la estrepitosa goleada 1-4.
A Sanvicente le ha costado impregnarle a su selección una idea de juego, conseguir las bases para un funcionamiento básico. Ha sido su cruz en todo el proceso que se inició en julio de 2014. Pero el comienzo ante los australes en Barinas sorprendió porque fue un equipo dinámico, que experimentó una cierta esperanza de lo que pretendía el seleccionador. El gol de Rómulo Otero fue el éxtasis de una alegría genuina, que no se había vivido en toda la eliminatoria. Fue el período más placentero y de mayor satisfacción. Pero solo fue eso. Un breve momento.
Chile era sorprendido de entrada. El campeón de América no podía quedarse con esa daga de entrada. Pero la lesión de Arquímides Figuera fue el punto de quiebre de la historia del partido. Sanvicente, quien había excluido  a Seijas, lo incluye como primera sustitución.  Fue un cambio          que a la postre, sentenciaría el partido. Seijas pasó a ser el volante central. Una posición de la que no está habituado y no juega en su club. El técnico volvió a insistir en colocar al creativo en una función para destruir. Lo lógico hubiera sido mantener a un volante 5, que le reconstituyera el equilibrio necesario. Allí se fueron parte de las opciones.
Chile creció por la necesidad. Se hizo dueño del balón e impuso el ritmo de juego. Venezuela retrocedió y cedió la iniciativa. Se vio arropada y se encajó en su área. El pecado en esta instancia fue no saber qué hacer con el balón cuando la recuperaba. Perdía el balón en un cerrar de ojos. La Vinotinto se hizo un equipo largo, con líneas muy distantes, imposible para establecer sociedades. La alternativa era lanzarla lejos sin ningún sentido de juego. Los australes la recuperaron sin mayores problemas. Y para completar volvieron a aflorar los errores. En un saque de esquina, Chile igualó con un frentazo de Mauricio Pinilla, quien le picó adelante a Oswaldo Vizcarrondo. El central reaccionó tarde y a destiempo, para impedir el fácil accionar del delantero chileno.
Jugar sin un nueve definido solo daría resultados, si el bloque hacía presencia permanente en el área rival. Pero eso no funcionó en Venezuela. Josef Martínez quedó sin recursos luchando solo con los zagueros chilenos, sin mayor apoyo y acompañamiento. Sí, le puso empeño, pero eso no basta. Nunca hubo un circuito entre los tres volantes creativos por detrás del punta, dentro de esquema ideado por Sanvicente. El más gris fue Alejandro Guerra, que nunca entró en la dinámica de los otros. Divorciado de las intenciones, solo deambuló por el campo.

Chile creció aún más y asumió por completo el partido. A Venezuela le costó posicionarse nuevamente. Seguía siendo un equipo largo y no tenía capacidad para sostenerla. Mientras los australes abrían el campo y lo profundizaban, a los venezolanos les costaba hacer el doblaje por los costados.
El complemento, Venezuela terminó de languidecer. Chile imponía el ritmo y Venezuela le costaba recuperarla, y mucho más salir con el balón para iniciar la ofensiva. La pérdida de volumen y presencia por el medio del campo fue evidente. Seijas no podía cumplir junto a Tomás Rincón la función de cerrar los espacios que eran copados por el rival. En una de esas presiones ejercidas por los chilenos, Seijas la entregó a Jean Beausejour de manera infantil, para que éste centrara y encontrara a Pinilla para el 2-1.
Eso derrumbó a la selección por completo. Los errores de este calibre son imperdonables y más si se trata de un jugador de la jerarquía de Seijas. Esa falla le costaría su sustitución por Richard Blanco, en lo que pudiera interpretarse como un castigo por la colosal falta.
Chile evidenció  fallas de toda índole de Venezuela. Mikel Villanueva, que había tenido un buen desempeño contra Perú, quedó expuesto por la rapidez de los extremos  chilenos. Recordó por qué juega en la tercera división de España.
Venezuela entró en fase terminal, cuando era desbordada con la rápida circulación del balón y el desequilibrio individual de los integrantes de la roja. Así llegó el tercero y el cuarto de Chile. Desborde a Villanueva y libre Vidal para anotar ambos tantos. No funcionaron los relevos, (si es que se trabajaron). Tampoco hubo el repliegue de los volantes centrales (inexistentes). Todo fue displicente, como cual montonera sin rumbo.
El final dio paso a un silencio en La Carolina y una pálida presentación, como la polémica camisa amarilla, dentro de una debacle total en todos los aspectos. Una nueva actuación para el olvido en un ciclo que mostró la involución y retroceso del fútbol venezolano, a tiempos que se creían superados. Ha sido el adiós al técnico más ganador del balompié local, pero que le quedó grande el papel de seleccionador. Que no entendió que no es lo mismo una selección, que un equipo del campeonato casero. Que no supo entender la necesidad de saber manejar el grupo con códigos propios que solo se manejan dentro de la heterogeneidad. Que no supo darle vuelta a un elenco, que también evidenció errores y diferencias notables con su técnico, nunca superados. Es el adiós a un seleccionador que no supo impregnarle una idea a qué jugar. El fútbol da nuevas oportunidades, y ojalá las tenga. Debe ser también la despedida de algunos jugadores que no evidenciaron un mayor compromiso, y que lejos están de elevar el nivel que requiere la selección.   
La hora más oscura para el fútbol venezolano ha llegado, signados por tantos problemas ajenos a la cancha, con su expresidente de toda la vida sindicado de corrupción y donde las arcas se abaten como el sueño de millones de ver a su selección ganar. Es la peor selección de las eliminatorias con números que poco enorgullecen, pero lo que los tiene bien merecidos. La ilusión mundialista vuelve a fenecer, en una práctica que se ha vuelto costumbre, pero que no deja de ser dolorosa. Ya llegarán mejores tiempos, dice la frase, pero quién sabe si le tocará esa suerte al fútbol de este país llamado Venezuela.  

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