La caída contra Chile ha dejado sentenciado el proceso de Noel Sanvicente
al frente de la Vinotinto. La nueva derrota fue otro capítulo por la que este
ciclo debe acabar ya. Los errores y desatenciones de los jugadores, las fallas
de funcionamiento y de lectura desde el banquillo fueron parte del abanico
pecados que ha venido caracterizando a la selección de Venezuela. No tener
claridad en los jugadores, no saber ponerlo a funcionar y sin saber ubicarlos,
fueron parte del rosario de errores desde el banco.
El vía crucis de “Chita” comenzó antes del partido, cuando súbitamente
surgió una polémica, al develarse extrañamente antes de hacerlo conocer a la
prensa, que Luis Manuel Seijas no formaba parte del once titular. La exclusión
del jugador sorprendió a mucho y quizás por ahí, comenzó la inestabilidad, que terminó
en la estrepitosa goleada 1-4.
A Sanvicente le ha costado impregnarle a su selección una idea de juego,
conseguir las bases para un funcionamiento básico. Ha sido su cruz en todo el
proceso que se inició en julio de 2014. Pero el comienzo ante los australes en
Barinas sorprendió porque fue un equipo dinámico, que experimentó una cierta
esperanza de lo que pretendía el seleccionador. El gol de Rómulo Otero fue el
éxtasis de una alegría genuina, que no se había vivido en toda la eliminatoria.
Fue el período más placentero y de mayor satisfacción. Pero solo fue eso. Un
breve momento.
Chile era sorprendido de entrada. El campeón de América no podía quedarse
con esa daga de entrada. Pero la lesión de Arquímides Figuera fue el punto de
quiebre de la historia del partido. Sanvicente, quien había excluido a Seijas, lo incluye como primera sustitución.
Fue un cambio que a la postre, sentenciaría el partido. Seijas pasó a ser
el volante central. Una posición de la que no está habituado y no juega en su
club. El técnico volvió a insistir en colocar al creativo en una función para
destruir. Lo lógico hubiera sido mantener a un volante 5, que le reconstituyera
el equilibrio necesario. Allí se fueron parte de las opciones.
Chile creció por la necesidad. Se hizo dueño del balón e impuso el ritmo de
juego. Venezuela retrocedió y cedió la iniciativa. Se vio arropada y se encajó
en su área. El pecado en esta instancia fue no saber qué hacer con el balón
cuando la recuperaba. Perdía el balón en un cerrar de ojos. La Vinotinto se
hizo un equipo largo, con líneas muy distantes, imposible para establecer
sociedades. La alternativa era lanzarla lejos sin ningún sentido de juego. Los
australes la recuperaron sin mayores problemas. Y para completar volvieron a
aflorar los errores. En un saque de esquina, Chile igualó con un frentazo de
Mauricio Pinilla, quien le picó adelante a Oswaldo Vizcarrondo. El central
reaccionó tarde y a destiempo, para impedir el fácil accionar del delantero
chileno.
Jugar sin un nueve definido solo daría resultados, si el bloque hacía
presencia permanente en el área rival. Pero eso no funcionó en Venezuela. Josef
Martínez quedó sin recursos luchando solo con los zagueros chilenos, sin mayor
apoyo y acompañamiento. Sí, le puso empeño, pero eso no basta. Nunca hubo un
circuito entre los tres volantes creativos por detrás del punta, dentro de
esquema ideado por Sanvicente. El más gris fue Alejandro Guerra, que nunca
entró en la dinámica de los otros. Divorciado de las intenciones, solo deambuló
por el campo.
Chile creció aún más y asumió por completo el partido. A Venezuela le costó
posicionarse nuevamente. Seguía siendo un equipo largo y no tenía capacidad
para sostenerla. Mientras los australes abrían el campo y lo profundizaban, a
los venezolanos les costaba hacer el doblaje por los costados.
El complemento, Venezuela terminó de languidecer. Chile imponía el ritmo y
Venezuela le costaba recuperarla, y mucho más salir con el balón para iniciar
la ofensiva. La pérdida de volumen y presencia por el medio del campo fue
evidente. Seijas no podía cumplir junto a Tomás Rincón la función de cerrar los
espacios que eran copados por el rival. En una de esas presiones ejercidas por
los chilenos, Seijas la entregó a Jean Beausejour de manera infantil, para que
éste centrara y encontrara a Pinilla para el 2-1.
Eso derrumbó a la selección por completo. Los errores de este calibre son
imperdonables y más si se trata de un jugador de la jerarquía de Seijas. Esa
falla le costaría su sustitución por Richard Blanco, en lo que pudiera
interpretarse como un castigo por la colosal falta.
Chile evidenció fallas de toda
índole de Venezuela. Mikel Villanueva, que había tenido un buen desempeño
contra Perú, quedó expuesto por la rapidez de los extremos chilenos. Recordó por qué juega en la tercera
división de España.
Venezuela entró en fase terminal, cuando era desbordada con la rápida
circulación del balón y el desequilibrio individual de los integrantes de la
roja. Así llegó el tercero y el cuarto de Chile. Desborde a Villanueva y libre
Vidal para anotar ambos tantos. No funcionaron los relevos, (si es que se
trabajaron). Tampoco hubo el repliegue de los volantes centrales
(inexistentes). Todo fue displicente, como cual montonera sin rumbo.
El final dio paso a un silencio en La Carolina y una pálida presentación,
como la polémica camisa amarilla, dentro de una debacle total en todos los
aspectos. Una nueva actuación para el olvido en un ciclo que mostró la
involución y retroceso del fútbol venezolano, a tiempos que se creían superados.
Ha sido el adiós al técnico más ganador del balompié local, pero que le quedó
grande el papel de seleccionador. Que no entendió que no es lo mismo una
selección, que un equipo del campeonato casero. Que no supo entender la
necesidad de saber manejar el grupo con códigos propios que solo se manejan
dentro de la heterogeneidad. Que no supo darle vuelta a un elenco, que también
evidenció errores y diferencias notables con su técnico, nunca superados. Es el
adiós a un seleccionador que no supo impregnarle una idea a qué jugar. El
fútbol da nuevas oportunidades, y ojalá las tenga. Debe ser también la
despedida de algunos jugadores que no evidenciaron un mayor compromiso, y que
lejos están de elevar el nivel que requiere la selección.
La hora más oscura para el fútbol venezolano ha llegado, signados por
tantos problemas ajenos a la cancha, con su expresidente de toda la vida
sindicado de corrupción y donde las arcas se abaten como el sueño de millones
de ver a su selección ganar. Es la peor selección de las eliminatorias con
números que poco enorgullecen, pero lo que los tiene bien merecidos. La ilusión
mundialista vuelve a fenecer, en una práctica que se ha vuelto costumbre, pero
que no deja de ser dolorosa. Ya llegarán mejores tiempos, dice la frase, pero
quién sabe si le tocará esa suerte al fútbol de este país llamado
Venezuela.

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