¿Qué pasa en las distintas categorías de las selecciones de Venezuela? ¿Por
qué del fracaso nuevamente en la sub20? ¿Por qué no existe continuidad? Son interrogantes
que comprenden respuestas muy complejas, pero que evidencian a un solo
responsable. Y no es otro que la propia Federación Venezolana de Fútbol. El
ente que rige el balompié en Venezuela ha demostrado nuevamente su incapacidad de
cumplir con las exigencias de hacer crecer y mejorar la actividad.
El fracaso de la sub20 de Miguel Echenausi en el Sudamericano de Uruguay ha
puesto en evidencia lo mal que está la categoría en el país. En primer lugar,
su designación fue tardía y más animada por cumplir con este compromiso oficial,
que producto de un trabajo serio, cónsono y responsable para iniciar un
proyecto. Se hizo en abril, cuando ya al menos ocho de las selecciones de
Sudamérica llevaban meses trabajando, con proyectos y un norte marcado. Mientras
el equipo de Echenausi tuvo solo 10 partidos de roce internacional, los rivales
superaron los 30. La designación del DT y demás entrenadores de las otras divisiones
se hizo con apuro y a la carrera, muy al estilo de las propia FVF. La tardanza
venezolana solo fue superada por la desidia de sus pares de Bolivia, que tan
solo hace dos meses nombraron al DT para que preparara un equipo. No es
casualidad que Bolivia y Venezuela fueran las primeras en ser eliminadas, justo
por ser las últimas en comenzar a trabajar.
Echenausi sabía que no disponía del tiempo suficiente como para tener un
equipo a la altura del compromiso. Aún así asumió el cargo. Dijo en su presentación,
algo que después no cumplió. Que basaría el equipo en el elenco mundialista
sub17 heredado de Rafael Dudamel. Al final, tan solo cuatro jugadores
repitieron proceso.
Pero eso no fue lo más desdeñable. El técnico creyó en un grupo de
jugadores distinto y eso es respetable. Lo que sí le correspondía a él era
mostrar una evolución acorde a un grupo de jugadores, que todos los expertos
consideraban un equipazo, con un talento de jugadores ofensivos poco visto en
un equipo de selección menor. Era poner a funcionar tanto talento, que tuvieran
una noción de juego y que a pesar de no cumplir con el objetivo, dejaran una
buena imagen de fútbol, que alimentara la ilusión pensando en el futuro.
Pero nada de eso se dio. La selección evidenció en todo el certamen ser un
equipo inofensivo. Que de poco le vale tener jugadores desequilibrantes de buen
pie, si esas individualidades no entran en una dinámica colectiva. Fue un
equipo sin chispas, sin capacidad de reacción ante la adversidad. Por el contrario,
bajaba los brazos ante un gol del rival y sentenciaba su destino antes de consumarse.
Mención aparte merece Andrés Ponce, el goleador y capitán. De pobre desempeño,
el atacante nunca encontró la manera de encajar en el rígido esquema de
Echenausi. No tuvo balones claros y lo poco que le llegó lo desperdició. Mal momento
el del zuliano.
El técnico no se mostró apresto a los cambios. No tuvo mayor inventiva de
modificar lo que mal estaba funcionando. Repitió esquema, el 4-2-3-1 y
jugadores en los tres primeros partidos. No probó a otros elementos en la banca,
que al menos pudieron haber servido de revulsivo, ante lo que mal estaba
sucediendo. Terco, murió en su idea, pero murió. De fútbol se le escuchó poco,
y solo manifestaba arengas que poco venían al caso. Antes de viajar al torneo,
Echenausi manifestaba el deseo de seguir al frente de la selección, pasara lo
que pasara. Pero ante la actuación y evidente fracaso, no hay mayor aval para hacer
cumplir su anhelo.
Pero el mal resultado no deriva solo en lo que ocurrió en Uruguay. Es todo
un problema estructural y de pensamiento que reina en el fútbol venezolano. Hace
años, la FVF instauró la norma de la que cada equipo debía jugar con un
juvenil. Desde un inicio, la regla causó malestar en clubes y entrenadores, que
vieron en la misma un enemigo al rendimiento de sus equipos. Eran conminados a cumplir una norma de la que no creían. Se inventaron
los mecanismos para minimizarla, de los que todavía pululan, con las famosas sustituciones
del joven futbolista. Fueron pocos lo que la valoraron y consiguieron en la
norma, la manera de exhibir el talento que trabajaban abajo. Sin embargo, los enemigos siempre consiguieron
la fórmula para no hacerla valer. Cada vez que el técnico de la sub20, iniciaba
un módulo de trabajo o acudía a una competencia, la regla era suspendida. Este vicio
se mantiene al día de hoy, en medio de la complicidad de todos los equipos y la
FVF. Cuando ocurra un nuevo fracaso en estos torneos, recordar cosas como esta.
El nuevo fracaso no tiene un solo responsable. No pasa solamente por las
decisiones técnicas o el mal desempeño del equipo. El principal causante de la
debacle radica en las oficinas de Sabana Grande y Margarita. En los dirigentes
de la FVF reside la mayor responsabilidad, por su desidia, por su incapacidad,
por no valorar en la real dimensión, la importancia de tener equipos
competitivos en las categorías menores. Por no hacer valer el trabajo en los
torneos que organiza. Porque no hacen un seguimiento serio, profesional basado
en estadísticas, en metodología del trabajo de cómo va el desarrollo de las divisiones inferiores. Porque no se
trazan objetivos generales y específicos de planes contentivos a largo plazo. Porque
no existen proyectos. Porque no valoran.
No esperen mayores cosas de quienes están acostumbrados al fracaso y que en el fondo no
les duele lo sucedido. No esperen que hagan un balance serio a los que están habituados
a la indiferencia e improvisación.
Este fracaso está englobado en lo que es hoy el fútbol venezolano. Forma parte
de la cadena de mediocridades en la que está inmersa la actividad. Es todo el balompié
venezolano, el bajo nivel del torneo local, el abandono de los estadios, la
debilidad institucional, la falta de patrimonio, las deudas, el mal momento de
la vinotinto de mayores. Es todo. La sub20 es la radiografía exacta de cómo está
el fútbol venezolano. Y si se va más allá, de cómo está el país. Todo es el
reflejo de todo. Con un fútbol así, con dirigentes de ese estilo, difícilmente
se obtengan resultados positivos. Y los logros del pasado son hechos circunstanciales,
accidentes aislados que solo solaparon la incapacidad de los que rigen la
actividad. Es así, duélale a quien le duela.

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