Que dónde queda
Macondo. Ni el propio Gabriel García Márquez supo decirnos con exactitud
geográfica el lugar preciso, centro de la trama de su gran novela “Cien años de
Soledad”. Pero visto lo del viernes pasado, ese sitio que labró el sinfín de historias
preñadas de realismo mágico, queda en Suiza.
Es difícil pensar
que en un país de probidad casi perfecta, donde todo es esencialmente planificado,
pueda haber una villa tan ilustrativa y llena de historias de un imaginario de
nunca acabar, como la que se atrevió a describir Gabo. Un nexo prácticamente inexistente,
hasta la aparición de un joven helvético, pero con sangre criollita, producto del
amor entre un suizo y una venezolana, y que se atrevió a darle vida, con todos
los ingredientes de este tipo de relatos, a un vínculo con propio vigor.
Que nadie dude
que la noche barranquillera estuviera salpicada de los ingredientes característicos
de aquella villa surgida de la extraordinaria mente del escritor de Aracataca. El
11-11-11 no fue solo una fecha alimentada por los esotéricos y numerólogos. Guarín
anotó en el minuto 11 y Frank Feltscher cuando restaban 11. El marcador fue 1-1
y en la jornada fueron 11 los goles. No cabe duda, que aquí se escondía algo
especial.
Cuando Feltscher
mandó ese balón, bautizado con el nombre del pueblito que fundó José Arcadio
Buendía, comenzó a vivir un capítulo especial para él, pero sobre todo, a darle
vida a una propia historia que la Vinotinto está empeñada en plasmar. “Tuve
suerte en encontrarme la pelota y poder definir”, decía el atacante, tras el
partido con su buen español, forjado al calor de su madre, Zaida.
A Venezuela se le
estaba complicando el juego en Barranquilla. No era un encuentro bien jugado y
Colombia quería sentenciarlo. Llegó entonces a escena la fortuna, la que muchas
veces dio la espalda y feneció los sueños vinotintos. Pero, ésta vez, le hizo
un guiño a Frankie, para que él se tiñera del insospechado héroe y lo fuera a
celebrar con aquel piscinazo.
El mayor de los
hermanos Feltscher es alegre, simpático, dicharachero. Se diría que de suizo posee
muy poco y más bien se tratase de alguien más bien tropical, emergido de uno de
los personajes, que Gabo le dio vida en su excelsa novela. Cuando el jugador
del Grashoppers, le permiten sus obligaciones, viene a Venezuela y se refugia
en Margarita, a disfrutar de las hieles playeras y de los manjares culinarios. “Me
gustan las arepas, cachapas, empanadas, toda esa m...”, afirma entre risas.
El nacido en Bülach,
no dudó nunca en acudir al llamado de César Farías. Apenas con pocas horas de
contacto. se enchufó rápido en la dinámica de la selección nacional. Lo hizo en la lejana y empobrecida Calcuta. Ahí,
frente a la Argentina de Messi, revelaba al país de lo que era capaz. Gustó en
aquel momento y el viernes terminó de enamorar. Sus primeros pasos tímidos a nivel
grupal, se transformaron rápidamente en un chico esplendoroso de emociones, que
terminó por contagiar a su hermano Rolf,
Feltscher se ha convertido en piza de recambio. En el hombre
que entra para ponerle vértigo al ataque, alas a los sueños. El que aprovecha
todo, incluso los regalos del rival. Ese que la noche barranquillera, se vistió
de valiente como el Coronel Aureliano Buendía en los tiempos de guerra surgidos
de la novela. “Es el gol más
importante de mi carrera”, decía el joven delantero, quien no dudó en atender a
todos los medios en la zona mixta. “Lo vamos a lograr. Estaremos en Brasil”,
decía el protagonista del juego.
La costa
colombiana, cuna de tantas historias enmarcadas entre lo real y lo divino, entre
lo palpable y lo que la mente desea, transcurrió ese relato de fútbol que tuvo
un final feliz para Venezuela. Aquel Macondo que suavemente entró en el pórtico
colombiano, alimenta ahora un sueño que vive su propio realismo mágico, y que
desea transformarlo en realismo puro. Ese, que solo estar en un Mundial de
fútbol lo puede brindar. Lo dicho, una historia que apenas inicia, y que se
labra con su propio argumento, al mejor de los estilos garciamarquianos.


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