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domingo, 13 de noviembre de 2011

Macondo queda en Suiza


Que dónde queda Macondo. Ni el propio Gabriel García Márquez supo decirnos con exactitud geográfica el lugar preciso, centro de la trama de su gran novela “Cien años de Soledad”. Pero visto lo del viernes pasado, ese sitio que labró el sinfín de historias preñadas de realismo mágico, queda en Suiza.
Es difícil pensar que en un país de probidad casi perfecta, donde todo es esencialmente planificado, pueda haber una villa tan ilustrativa y llena de historias de un imaginario de nunca acabar, como la que se atrevió a describir Gabo. Un nexo prácticamente inexistente, hasta la aparición de un joven helvético, pero con sangre criollita, producto del amor entre un suizo y una venezolana, y que se atrevió a darle vida, con todos los ingredientes de este tipo de relatos, a un vínculo con propio vigor.
Que nadie dude que la noche barranquillera estuviera salpicada de los ingredientes característicos de aquella villa surgida de la extraordinaria mente del escritor de Aracataca. El 11-11-11 no fue solo una fecha alimentada por los esotéricos y numerólogos. Guarín anotó en el minuto 11 y Frank Feltscher cuando restaban 11. El marcador fue 1-1 y en la jornada fueron 11 los goles. No cabe duda, que aquí se escondía algo especial.      
Cuando Feltscher mandó ese balón, bautizado con el nombre del pueblito que fundó José Arcadio Buendía, comenzó a vivir un capítulo especial para él, pero sobre todo, a darle vida a una propia historia que la Vinotinto está empeñada en plasmar. “Tuve suerte en encontrarme la pelota y poder definir”, decía el atacante, tras el partido con su buen español, forjado al calor de su madre, Zaida.
A Venezuela se le estaba complicando el juego en Barranquilla. No era un encuentro bien jugado y Colombia quería sentenciarlo. Llegó entonces a escena la fortuna, la que muchas veces dio la espalda y feneció los sueños vinotintos. Pero, ésta vez, le hizo un guiño a Frankie, para que él se tiñera del insospechado héroe y lo fuera a celebrar con aquel piscinazo.  
El mayor de los hermanos Feltscher es alegre, simpático, dicharachero. Se diría que de suizo posee muy poco y más bien se tratase de alguien más bien tropical, emergido de uno de los personajes, que Gabo le dio vida en su excelsa novela. Cuando el jugador del Grashoppers, le permiten sus obligaciones, viene a Venezuela y se refugia en Margarita, a disfrutar de las hieles playeras y de los manjares culinarios. “Me gustan las arepas, cachapas, empanadas, toda esa m...”, afirma entre risas.
El nacido en Bülach, no dudó nunca en acudir al llamado de César Farías. Apenas con pocas horas de contacto. se enchufó rápido en la dinámica de la selección nacional. Lo hizo  en la lejana y empobrecida Calcuta. Ahí, frente a la Argentina de Messi, revelaba al país de lo que era capaz. Gustó en aquel momento y el viernes terminó de enamorar. Sus primeros pasos tímidos a nivel grupal, se transformaron rápidamente en un chico esplendoroso de emociones, que terminó por contagiar a su hermano Rolf,  
Feltscher se ha convertido en piza de recambio. En el hombre que entra para ponerle vértigo al ataque, alas a los sueños. El que aprovecha todo, incluso los regalos del rival. Ese que la noche barranquillera, se vistió de valiente como el Coronel Aureliano Buendía en los tiempos de guerra surgidos de la novela. “Es el gol más importante de mi carrera”, decía el joven delantero, quien no dudó en atender a todos los medios en la zona mixta. “Lo vamos a lograr. Estaremos en Brasil”, decía el protagonista del juego.   
La costa colombiana, cuna de tantas historias enmarcadas entre lo real y lo divino, entre lo palpable y lo que la mente desea, transcurrió ese relato de fútbol que tuvo un final feliz para Venezuela. Aquel Macondo que suavemente entró en el pórtico colombiano, alimenta ahora un sueño que vive su propio realismo mágico, y que desea transformarlo en realismo puro. Ese, que solo estar en un Mundial de fútbol lo puede brindar. Lo dicho, una historia que apenas inicia, y que se labra con su propio argumento, al mejor de los estilos garciamarquianos. 


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