*Hace 10 años, la vinotinto rompió la historia y marcó un hito importante para lo que vendría en el futuro
* La victoria sobre Uruguay inició una era de esperanza dentro de la selección, que se sigue viviendo en la actualidad
Aquel martes 14 de agosto de 2001, no había mucho entusiasmo en el José ‘Pachencho’ Romero de Maracaibo. Apenas 8 mil personas se habían acercado al coso marabino para ver el Venezuela-Uruguay. Tampoco era masiva la presencia de periodistas. El cuadro venezolano ya estaba eliminado de cualquier opción para el Mundial de Corea-Japón, y los charrúas se jugaban sus opciones para estar en la cita asiática. En el bando uruguayo se respiraba un exceso de confianza, seguro de que en Venezuela obtendría tres puntos. La vinotinto venía de tener una discreta actuación en la Copa América de Colombia. Pero peor aún era el panorama de la selección nacional en la historia de las eliminatorias. En 35 años, se había logrado sólo tres victorias en 62 encuentros, con 32 goles anotados y 186 recibidos. “Teníamos una historia decadente futbolísticamente hablando”, afirma Richard Páez, seleccionador nacional para aquel entonces.
El técnico recuerda que ese partido se planteaba de una sola forma. “Ganar o ganar. Veníamos de una mala Copa América y queríamos ver un equipo con una idea convencida de juego”. El juego en sí, fue duro y muy parejo. Por Uruguay estaban figuras reconocidas como Álvaro Recoba, Darío Silva o Paolo Montero, todos de talla mundial que brillaban en Europa. Venezuela con orden táctico supo sortear las peligrosas llegadas del jugador del Inter de Milán y también tuvo llegadas al arco de Carini. El primer tiempo acabaría sin funcionar en el marcador. “Había una atmósfera extraña sobre el partido. Le dije a los muchachos que no era suficiente jugar bien, que había que ganar partidos y obtener resultados, para que ellos mismos se convencieran de sus posibilidades”. Y ese día se cumplió los dos factores deseados. Se jugó bien y se ganó. El primer gol fue obra de Ruberth Morán al minuto 52, al recibir un pase por la derecha de Daniel Noriega. El merideño no se lo pensó para disparar cruzado y batir a Carini. El rostro de rabia desahogada de Morán en la celebración, reflejaba la presión que había por dentro y la necesidad por conseguir una alegría.
Ya en las postrimerías del partido, Alexander Rondón tomó un pase de Giovanni Pérez para poner el 2-0 definitivo e histórico. Era el cuarto triunfo que conseguía la selección en eliminatorias, el primero en ocho años y se llegaba a 7 puntos en ese premundial.
GANAR O ADIÓS
Páez afirma que ese encuentro representaba un punto de quiebre. “Era cumplir con ese partido o poner en tela de juicio el proceso que apenas estábamos iniciando. Tocaba sacar el resultado, de ganar el compromiso porque las cosas se iban a complicar. La única oportunidad que teníamos de sacarnos ese remoquete de cenicienta era apostar al riesgo, al todo o nada, a creer que el venezolano puede”, sostiene el adiestrador.
El discurso era mostrarles a la plantilla que había posibilidades, más allá de las dificultades propias del medio. “No crean que están en la Venezuela desorganizada. Están en la Venezuela de esperanza y ustedes la representan”, dice Páez con satisfacción. Recuerda que cuando le preguntaban a quién le dedicaba ese triunfo, no dudó en hacerlo a aquellos que representaron la camiseta en el pasado y sufrieron con las goleadas recibidas.
“Era una sorpresa histórica hasta para nosotros mismos. Estaba convencido de que esa era la única manera de lograr el cambio. Eran muchas las razones para ser considerada la cenicienta, por tantas deficiencias que rodeaban la actividad en el país”.
El antes y despuésPáez señala con orgullo que ese día Venezuela rompió con la historia. Que ese día se acabaron los tiempos de los tres puntos fáciles, los tiempos de la cenicienta, de ese equipo que tenía las excusas fáciles. Después llegaron tres victorias seguidas ante Chile en Santiago, frente a Perú y Paraguay, ambos en San Cristóbal y las cosas cambiarían definitivamente. “Nosotros lo que hicimos para romper el hechizo de los malos resultados, fue liberar el ingenio de nuestros jugadores. Nos habían acostumbrado a pensar más en el rival que en nosotros mismos. Apostamos a todo lo contrario y tuvimos éxito”, manifiesta Páez.
Con el paso de esos dos lustros, el merideño ve con orgullo lo hecho en aquel momento. Siente que fue la primera semilla. “Comenzamos a desarrollar un estilo. Comenzó a nacer una identidad propia que hoy disfrutamos con lo que se ha convertido la vinotinto hoy en día”.

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