Cuando el chico Mohammed exhibía un cartel con el nombre de Messi y luego un escrito en árabe donde afirmaba que el jugador del FC Barcelona era solidario con la lucha del pueblo libio contra el dictador Muammar Gadafi, mostraba además lo importante que es el fútbol para muchos de estos países, que hoy están envueltos en revoluciones contra gobierno autocráticos.
Es común ver por la TV cómo los jóvenes libios, casi niños, acuden como voluntarios a los centros de reclutamiento de las fuerzas rebeldes, portando las camisetas del Barcelona, Manchester United o Real Madrid. Por ahora, cambian el balón por el fusil, como una forma de alcanzar los sueños que tanto anhelan.
El balompié es algo esencial. Una manera de escapar de los problemas de la cotidianeidad, muchos de ellos embadurnados en la miseria y pobreza, producto del descuido de sus gobiernos. El estadio, en los países del Medio Oriente se ha convertido, en el lugar para evadir esa dura realidad. Una forma para por al menos 90 minutos, soñar en algo muy lindo que se puede convertir en realidad.
Cuando los niños del Magreb juegan al fútbol, lo hacen precisamente pensando en la libertad, en lograr que pueden convertirse en un Messi o un Cristiano Ronaldo, o todavía aún más cercana, la probabilidad de cumplir el sueño que cristalizó en el pasado Zidane o en la actualidad, Benzema, dos jugadores de origen argelino. Es el anhelo de conseguir la vía para salir de la pobreza, entendiendo que sí se puede cumplir la meta. Es una forma de conseguir el llamado sueño europeo.
En aquellos países que viven ahora tiempos de revoluciones, la cólera social tomó cuerpo en jóvenes más formados que nunca, aficionados al fútbol, sin empleo y hastiados de la cleptocracia. Durante la revuelta en Egipto, en la Plaza Tahrir de El Cairo, los partidarios de los equipos Al Ahly SC y Al-Zamalek SC dejaron de lado su animosidad y confrontación histórica, para unirse en el derrocamiento del presidente Hosni Mubarak y reforzó a la oposición con su organización y logística, así como su experiencia en batallas callejeras.
Afirma el escritor y gran conocedor del fútbol de Medio Oriente, James Dorsey, que lo sucedido en Túnez y Egipto, refleja la evolución del papel social y político del fútbol en el norte de África, así como el sentido de poder de los aficionados, que jugaron un papel clave en el derrocamiento de las dictaduras de los dos países. En estos países, la gente joven, que salió a la calle a protestar, es a su vez hinchas del fútbol, que van al estadio cada fin de semana.
Estas dictaduras, sabedoras del poder del balompié, lo utilizaron en el pasado como una herramienta para desviar la atención de los problemas políticos y económicos, así como una forma para ganarse el favor popular. Pero hoy, al menos en los países que se han liberado de los sátrapas, es un espacio de proseguir los esfuerzos para desmantelar los vestigios del autoritarismo y conseguir reformas en los sectores de la economía y la sociedad.
Se afirma que la primera protesta en contra de Gadafi fue en un estadio de fútbol en 1996, cuando aficionados protestaron airadamente las decisiones evidentemente parcializadas del árbitro, que intentaba favorecer al club propiedad de uno de los hijos del dictador. El alzamiento acabó en una masacre.
Lo cierto es que el pequeño Mohammed se seguirá inspirando en el mejor jugador del mundo, mientras lucha contra el dictador libio. Para él como para muchos, el fútbol preserva todos esos valores por las que ahora pelea en su país: paz, progreso y libertad. En esencia, el fútbol lo es todo.

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